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“El reposo del fuego”: José Emilio Pacheco

Caos, infinitas posibilidades para adueñarse del sufrimiento en formas tan brillantes que la carne quede reducida a un momento sin alas, marcado solamente por una mirada que no cesa de observar el desastre, lejos de toda fuerza, sin motivos; es aquel resplandor consumido en la noche: llamas intactas en las horas; un testigo, José Emilio Pacheco.Caos, infinitas posibilidades para adueñarse del sufrimiento en formas tan brillantes que la carne quede reducida a un momento sin alas, marcado solamente por una mirada que no cesa de observar el desastre, lejos de toda fuerza, sin motivos; es aquel resplandor consumido en la noche: llamas intactas en las horas; un testigo, José Emilio Pacheco.

Así, “El reposo del fuego”, se sustenta en la mirada –siempre atenta– de éste como testigo del tiempo, su ir y llegar en atmósferas de muerte y sufrimiento, tal cual un círculo que no reconoce término y se nutre de éste, sólo para aumentar su poder y arrasar con la consciencia misma.

En términos concretos, es uno de los poemas largos más emblemáticos de la literatura mexicana reciente, que no esconde influencias, al contrario, las asume y presenta un texto limpio, separado en tres secciones –cada una de ellas con quince partes– que funciona, también, a manera de predicciones.

Publicado en 1966 en el Fondo de Cultura Económica, colección Letras Mexicanas, se ha mantenido en circulación hasta convertirse en referente para la crítica especializada y lectores, en general. En este caso, su lectura se complementa gracias al uso de lenguaje cuidado, imágenes poderosas e íconos reconocibles para el imaginario colectivo nacional.

No por nada, el fuego –como metáfora– funciona en al menos dos sentidos: por un lado, dota de luz, sucumbiendo a las sombras que se encargan de nublar los sentidos; a su vez, motor destructivo capaz de consumir al hombre y su legado. Incluso, en las culturas prehispánicas era símbolo de nuevas eras, surgiendo entre cenizas cosmogonías renovadas.

Aunque en este caso parece suspenderse entre palabras, versos que sentencian el final de todo lo conocido hasta dotar de salitre todo aquello que toca. Es la mano que arranca del origen toda bondad para ofrecerlo en la pureza de la sangre –la de todos– en el aire y la tierra.

Sin embargo, el poeta sabe que el “fulgor” de las llamas brillan con más fuerza en la noche, ahí su poder es intenso y sin claudicar eleva a la atmósfera las ruinas tinieblas, como si en paz el dolor humilde se perdiera entre brazos caídos y el vértigo del asombro.

En la primera parte cada apartado funciona a manera de una sentencia, figuran desconciertos ante la pena; apenas delineada, la imagen del agua queda en otros planos, donde no se comprenden los hechos y uno, en calidad presencial, únicamente puede avanzar en pasos lentos para ver el terror destructivo de sus alas.

Es la respiración cansada que no atiende a voces extrañas, apenas algunos susurros que la oscuridad obliga a perderse sin más remedio que la muerte en sí misma; ya no son los dioses, sino efigies careciendo de sentido: humillación de algunos que restan en pie.

Para el siguiente apartado, el fuego toma un poder diferente, ya que a pesar de la presencia del agua como ícono vivo, éste alcanza al aire mismo, aunque ahora la soledad se adueña del ambiente. Surgen aromas podridos en cada racimo, en la mirada y algunas ruinas yacen intactas.

Pareciera que el amanecer revela el daño total y la pérdida de lo conocido, pues la mirada acepta el producto de la muerte; no es sueño ni cansancio exigiendo deshacer penumbras, sino las ganas de no abrir las manos y dejarse llevar a las sombras, para hundirse en el lodo.

Árboles, hierbas, plantas son consumidas para que el ciclo inicie de nuevo, dando pie al tercer apartado, en el cual la cultura azteca ha quedado enterrada bajo las piedras de su historia. Ahora, el fuego no es latente, sino los canales que guardan en secreto su pasado y presenta al México de algunos más.

Los edificios nuevos fulguran piedra a piedra con los rastros de dioses cuyos nombres apenas quedan inscritos en lajas. Es el día y apuesta por frenar todo el recuerdo; es la visión del fuego que vivo, todavía reposa, magistralmente llevado por un poeta que supo hilvanar en palabras imágenes tan dolientes y a la vez llenas de significado.

Así, José Emilio Pacheco se aproximó en “El reposo del fuego” a un escenario poético perfecto, sin rimas forzadas o elementos extra que afectaran al texto. En toda su obra es latente estilo limpio, claro, perfeccionista en términos que su generación legó a nuevos poetas de los que aún se espera lleguen a este nivel de voz.

Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

Sobre César Pérez González

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