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Negar la realidad no la cambia

Aunque el título parezca una verdad de Perogrullo, lo cierto es que, esto que en principio es obvio, parece ser ignorado por muchas personas, entre ellas el actual gobernador de Puebla, Antonio Gali Fayad.

Lo anterior puede afirmarse al escuchar los discursos que da el gobernador en distintos foros como parte de sus actividades cotidianas al frente de su administración.

En ellos, es posible encontrar siempre palabras autocomplacientes, no exentas de cierta dosis de triunfalismo, que no sólo pretenden realzar sus iniciativas, sino que también lo hacen con las de su antecesor, Rafael Moreno Valle, cada que la ocasión lo permite.

No es extraño escuchar a nuestro gobernador hablar de una Puebla que va saliendo adelante, en crecimiento, con potencial, que es un gran estado, que se están generando cambios positivos para los más necesitados, etcétera, etcétera.

Más allá de lo poco originales de sus afirmaciones, o de lo “natural” que resulta el que un funcionario busque exaltar sus iniciativas y trabajo, este tipo de discursos revelan un aspecto preocupante, el cual que va más allá del gobernador de Puebla.

Mientras la entidad y el país son consumidos por una violencia frenética y cada vez más sádica, que corroe a nuestras instituciones y a la sociedad en general, al grado extremo de que hemos llegado a ser el segundo lugar más letal del planeta para habitar, sólo después del horror en que se ha convertido Siria, nuestras autoridades niegan la realidad de este drama nacional que ha consumido la vida de alrededor de cien mil compatriotas, y que ha llevado a la ruina o a algún otro tipo de desgracia a otros tantos miles, y sólo aceptan “encararlo” cuando se ven forzados a bajar de su nube.

En Puebla, se ha visto desde hace poco más de dos años a la fecha un incremento notable en la violencia asociada al crimen, así como en el nivel de sadismo y virulencia que la acompañan.

Todos los días, las y los poblanos enfrentamos en distintos lugares la posibilidad de ser secuestrados, extorsionados en nuestros hogares o negocios, ser asaltados en nuestras casas, en las calles o en el transporte público, o de padecer de alguna otra manera las vejaciones que nos asechan actualmente.

Mientras tanto, las autoridades celebran el ascenso de los lobos a la primera división o nos hablan de un futuro brillante de “ciudades inteligentes”, y cuando son cuestionados al respecto o es imposible ignorar los hechos, lanzan enérgicas condenas y amenazan con aplicar todo el rigor de la ley para combatir a estos grupos criminales.

Ninguna de estas acciones −incluso suponiendo que estas verdaderamente tuvieran lugar, cumpliéndose con toda la voluntad política necesaria−, serían suficientes para un problema que es mucho más complejo y que requiere una estrategia integral a mediano y largo plazo que, entre otras cosas, busque regenerar el tejido social que ha sido destruido por la pobreza o la violencia de distintos tipos que afectan la vida de las personas, así como sus oportunidades a futuro, para que estas puedan salir adelante de manera legal, segura y suficiente.

Negarse a reconocer la dimensión del problema, buscándole salidas rápidas o fáciles, como reforzar los aparatos de seguridad y represión en la entidad, no sólo no resolverá el problema, sino que podría agudizarlo.

La prueba de ello radica en las experiencias de otros estados de la Federación, en donde la estrategia seguida por distintos mandatarios locales ante el aumento de la violencia y la criminalidad, ha sido simplemente recurrir a la militarización de sus entidades, así como a engrosar sus aparatos de vigilancia y persecución en algunos casos, sin que por ello hayan logrado resolver nada, antes bien, han generado más violencia y derramamiento de sangre con estas iniciativas.

Si a nuestro gobernador, así como a nuestros demás líderes, les interesase un poco más la situación de sus conciudadanos, valdría la pena que mantuvieran una postura un poco más realista frente a los hechos, así como que debatiesen en serio la política de combate al crimen organizado seguida hasta ahora, para buscar soluciones mucho más eficientes y menos violentas para este problema.

De lo contrario, seguiremos navegando a la deriva en un mar de sangre que cada vez se hace más vasto, sin un rumbo claro de hacia dónde vamos con todo este sacrificio, lo cual es poco menos que inaceptable.

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

Sobre Marco Antonio Rovira Torres

Marco Antonio Rovira Torres
Lic. en Historia por la BUAP. Actualmente se encuentra cursando la Maestría en Historia en el Instituto de Investigaciones y Ciencias Sociales "Alfonso Vélez Pliego" de la BUAP. Se ha desarrollado profesionalmente en el ámbito educativo dentro de museos, como el Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México, y el Museo Amparo en Puebla. Ha publicado artículos sobre cultura política y corrupción en México. Sus líneas de investigación se desarrollan en las áreas de historia política, Derechos Humanos, museos, instituciones culturales y memoria histórica.
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