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Postulan códice de biblioteca Lafragua como Memoria del Mundo Unesco

Postulan códice de biblioteca Lafragua como Memoria del Mundo Unesco. Foto: Especial

El Códice Sierra-Texupan, el cual es resguardado por la biblioteca histórica José María Lafragua de la BUAP, ha sido postulado para formar parte del Programa Memoria del Mundo México, que busca preservar el patrimonio documental del mundo.
El códice fue elegido de los de 97 mil volúmenes y está compuesto por 62 fojas escritas y pintadas por ambos lados, dicho documento corresponde a un libro de contabilidad –el único que actualmente se conserva en México-, en el que se registraban las adquisiciones de la comunidad de Santa Catarina Texupan, cuyas ruinas se ubican en las cercanías del actual Santiago Tejupan, en la Mixteca Alta de Oaxaca.

El códice fue elaborado en papel europeo por diversos escribanos o tlacuilos, entre 1550 y 1564. El texto está escrito en náhuatl y mixteco, con caracteres latinos; asimismo, presenta una doble notación numérica: arábiga y vigesimal mesoamericana.

Como antecedente cabe destacar que, en febrero de este año, Rosa María Fernández de Zamora, coordinadora del Comité Mexicano Memoria del Mundo de la Unesco, entregó a la Máxima Casa de Estudios en Puebla los dos reconocimientos que acreditan a Opera Medicinalia y al Canto General, de Pablo Neruda, como documentos parte del registro al que ahora ha sido postulado el Códice Sierra-Texupan.

Debido a su importancia para el acervo documental de nuestro país, el Laboratorio Nacional de Ciencias para la Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural (Lancic) –sede Instituto de Física de la UNAM-, realizó un estudio no destructivo sobre la composición de las tintas usadas en los diversos folios del códice. Esta actividad, coordinada por el doctor José Luis Ruvalcaba Sil, emplea instrumentos de alta tecnología que permiten analizar el archivo sin extraer partes del mismo.

Resguardado por la BUAP

De acuerdo con el rastreo de su origen, se sabe que este documento estuvo al resguardo de la Academia de Bellas Artes de Puebla, fundada en 1814. Se desconoce en qué fecha ingresó al acervo de esta institución, pero se presume fue donado por el obispo Don Antonio Joaquín Pérez Martínez.

Más tarde, Francisco Pérez Salazar, en su Historia de la Pintura en Puebla, publicada en 1923, cita una memoria de 1827 que menciona “dos cuadernos escritos con caracteres de los antiguos mexicanos”, como parte de los objetos albergados por el Conservatorio de Artes, fundado en el Colegio del Estado, antecesor de la BUAP.

Durante finales del siglo XIX e inicios del XX, se difundió en dos ocasiones el contenido del códice: la primera, en 1892, consistió en 38 fotografías y posteriormente, el historiador Nicolás León encargó a un dibujante poblano una calca del manuscrito, con la finalidad de hacer una reproducción litográfica a color. La edición fue publicada en 1906, por la Oficina Impresora del Timbre.

El libro fue restaurado en 1985, por la Dirección General de Restauración del Patrimonio Nacional. Dicha intervención puso especial atención a las 13 mutilaciones que presentaba, así como al desgaste por insectos. Más tarde, en los años 90, la doctora Hilda Aguirre Beltrán, del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas), realizó un estudio sobre el manuscrito, en colaboración con Alfredo Ramírez Celestino, investigador de la Dirección de Lingüística del INAH. No obstante, su investigación quedó inédita tras su fallecimiento.

Tras la digitalización y publicación del códice en el repositorio web de la Biblioteca Histórica José María Lafragua, en el 2006, Cecilia Rossell retomó el trabajo realizado por Aguirre Beltrán y Ramírez Celestino. Su estudio da cuenta, entre otros aspectos, de la documentación hecha sobre la adquisición de objetos diversos como libros, sacabuches, trombones de vara, ornamentos religiosos y cacao. Estos datos indican la condición cultural de carácter mestizo que comenzaba a gestarse en la época colonial temprana, de la cual data el documento histórico.

Unión para la construcción

La colaboración entre la Biblioteca Histórica José María Lafragua y el Lancic-Ifunam comenzó con el estudio no destructivo del Breviario Romano, un documento del siglo XIV que probablemente es el manuscrito más antiguo que se resguarda en el país.

Poco más de 10 años de este trabajo, la investigación sobre el Códice Sierra-Tuxpan se basó en un registro fotográfico digital de alta resolución, obtenido mediante luz visible e infrarroja de falso color. Así, a partir de dicho estudio de imagen, se utilizaron espectroscopias no invasivas, como la fluorescencia de rayos X (XRF), la Espectroscopia Raman, la Espectroscopia de Reflectancia (FORS) y la Espectroscopia de Fluorescencia Visible, técnicas que permitieron determinar la temporalidad y composición de los pigmentos orgánicos usados en el documento.

Tras una semana de labores, se determinó que hay varias tintas de color negro asociadas a la escritura y contornos de las imágenes, lo cual indica la elaboración diacrónica del códice, a mano de diferentes personas. Además, se identificó una tinta color sepia, utilizada para hacer correcciones.

En relación al color rojo, se determinó que está compuesto de una mezcla de cochinilla y bermellón, al igual que el conocido Códice de la Cruz-Badiano.

Si bien era de esperarse la presencia de elementos orgánicos, como plantas o animales, debido a que fue una práctica común en la época, llama la atención la inclusión del bermellón, un polvo mineral de tradición europea.

Por otra parte, el color amarillo encontrado corresponde a un pigmento mineral de arsénico y azufre, el oropimente, que hasta hace unos años era considerado de origen europeo. Sin embargo, tras los análisis se logró determinar que el compuesto era utilizado desde fechas precolombinas y que ese tipo de pintura también ha sido hallada en el Códice Badiano, que data de 1552.

De acuerdo con Ruvalcaba Sil, el Códice Sierra-Texupan es una muestra de la cosmovisión prehispánica en la temprana época colonial: “comenzamos a entender por qué hay una intención de utilizar colores que vienen de plantas o animales para hacer los códices y porque no se utilizan para hacer la pintura mural, por ejemplo. Hay una tradición tecnológica del uso de materiales para escribir un códice que tiene un trasfondo cultural”.

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