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Los esfuerzos anónimos que sostienen a México

Para Lenis

Hace casi ocho años, platicando en una sobremesa, una sobrina platicó con entusiasmo la posibilidad de crear una orquesta infantil que pudiera incorporar y capacitar a niños con habilidades para la música, en particular a niños sin posibilidades de pagar un maestro o de aprender música de manera formal.

En las escuelas de México a la música no se le ha dado mayor lugar e importancia. En la escuela a la que yo asistí el énfasis se ponía en leer y escribir a la perfección y en operaciones matemáticas básicas. La lección de música se reducía a media hora a la semana, en la que cantábamos acompañadas por una maestra que tocaba divinamente el piano.

Para mí no había momento más dichoso que esa miserable media hora. Por eso, oír a Leonor hablar de su idea me pareció fascinante, y aunque ella tenía muy claro el camino, a mí entonces me pareció casi imposible de lograr.

Ocho meses después, en noviembre de 2009, Leonor me invitó a asistir al primer concierto de la orquesta infantil que entre varios habían logrado conjuntar. La cita era a las siete de la noche en el espléndido templo de Santo Domingo ,en el corazón de la ciudad de Puebla. Esa noche, una orquesta y un coro de 300 niños entre los cinco y los trece años nos regaló a los asistentes una de las vivencias mas bellas y memorables de nuestras vidas, una vivencia llena de talento y pasión.

¿Cómo fue posible este milagro? ¿Cómo y quiénes lograron conjuntar una orquesta que se desempeñó magistralmente en tan solo unos meses? Leonor Mastretta, la gestora de éste esfuerzo, Julio Saldaña, el maestro y director de la joven orquesta y Benjamín Zander, el reconocido director de la Orquesta Filarmónica de Boston, son las piezas claves para entender el fenómeno de esa noche y de mucho de lo que ha sucedido después

Un año antes, en 2008, uno de los ponentes en el evento de la Ciudad de las Ideas que se presentó en Puebla fue precisamente Benjamín Zander, “el maestro de los ojos brillantes”. Ahí habló del trabajo experimental de orquestas infantiles que se desarrollaba en Venezuela desde hacía 30 años.

En 2008, 500 mil niños participaban ya en diferentes orquestas por todo el país. Leonor lo escuchó, se acercó a él y lo convenció de acompañarla a conocer al maestro de violín de sus hijos, Julio Saldaña, quien estaba tratando de formar una pequeña orquesta infantil en Cholula.

Zander supo ver el talento del maestro y la tenacidad de Leonor, así que los animó a seguir y les ofreció su asesoría. Leonor y Julio buscaron apoyos para hacer del caso de Puebla un proyecto piloto para reproducir orquestas infantiles en todo el país.

Se dieron a la tarea de buscar talentos no solo en las comunidades cercanas a Puebla, sino en municipios tan alejados como Ciudad Serdán o en la sierra norte de Puebla. Y los fueron encontrando: el hijo de un músico de banda de pueblo por acá, una niña con voz de ángel por allá , y casi sin darse cuenta, como jugando, a partir de mayo ya tenían a trescientos niños ensayando de cuatro a ocho de la noche en una escuela que rentaron por las tardes para estudiar y preparar su primera presentación pública.

Cuando hace ocho años iba rumbo al concierto pensé que disfrutaríamos de algo decoroso pero modesto. Jamás imaginé lo que escucharíamos esa noche. Nos hemos vuelto el país de las dudas y hemos perdido de vista el talento, la creatividad y el espíritu de compañerismo y solidaridad del que somos capaces.

Al llegar a Santo Domingo todo era algarabía y bullicio en el atrio. El espíritu juguetón de los niños invadía el ambiente. Los papás y parientes ya tenían tomada la iglesia. No había un solo lugar que no estuviera lleno o apartado con rebozos, bolsas y hasta canastas en las bancas. El pasillo central, los laterales, los escalones, todo estaba colmado de un público de todas las edades, curioso y diverso, el público más feliz que he visto en mi vida.

Los niños tomaron el altar. Vestidos con una sencilla camisa blanca y una falda o pantalón obscuros, no llevaban más adorno que la espontaneidad y vitalidad propias de la infancia. Era como si una parvada de pequeñas aves hubiera invadido la iglesia. Los ceremoniosos dominicos no daban crédito de lo que estaba pasando adentro de su siempre bien controlado recinto y en vano intentaron imponer orden entre un público que hasta ese momento se comportaba como en un desfile del cinco de mayo.

Pero en cuanto el director se paró enfrente de su orquesta y los niños se enderezaron orgullosos y atentos a los movimientos de la batuta, todo cambió: un expectante e imponente silencio se impuso en el aire. El director tomó la palabra y nos contó que su primera experiencia musical la tuvo cuando escuchó a la Filarmónica de Berlín, ahí en Santo Domingo, hacía treinta y tantos años, cuando él tenía cinco. Puebla Ciudad Musical fue la institución que los trajo a Puebla.

Los nombres de Jorge Cubillas y Paco Sánchez revolotearon en mi cabeza. Su esfuerzo de hacía tantos años estaba a punto de dar un fruto inesperado. Nunca sabemos quién cosechará lo que algún día sembramos, pero da gusto saber que esas cosas suceden.

Los niños tocaron un programa difícil y lo hicieron de manera impecable. Abrieron con Terranova, de Meyer, y luego el concierto se sucedió mágicamente: un niño de cinco años fue el solista del concierto para trompeta de Charpentier. La trompeta medía lo mismo que él, y él no se equivocó ni en una nota.

El solista del concierto de violín de Seitz, tenía seis años. Los solistas del concierto de Navidad, una niña y un niño de siete y ocho años, dueños de unas voces divinas y potentes, llenaron en su totalidad la enorme iglesia.

Bueno, éstos 300 chiquitos se dieron el lujo de tocar y cantar la parte coral de la Novena Sinfonía de Beethoven. Al final se despidieron con el Danzón número 2 de Márquez en medio de una lluvia de aplausos de manos que no hubieran querido detenerse.

No sé si existen los milagros, sí que existen quienes son capaces de acciones que lo parecen. Esa noche mil personas fuimos testigos de uno. Salí del concierto a sentarme y reflexionar un rato en la banca de un zócalo extrañamente solitario y silencioso. Sabía que había presenciado el comienzo de algo extraordinario.

Han pasado ocho años. La orquesta ha recorrido ya un buen camino y lleva un largo rato apoyada no solo por Fundación Azteca sino por otras instancias y personas. Las orquestas Esperanza Azteca ya existen en muchos otros lugares del país. También han logrado el apoyo fundamental del actual gobierno de Puebla, que con recursos públicos mixtos rehabilitó la primera fábrica textil de América, La Constancia Mexicana, en donde hoy la orquesta infantil tiene un excelente espacio para su escuela sede.

En la reciente inauguración de Audi, el evento artístico fue la presentación de la orquesta infantil que ahora patrocinarán. Muchas instituciones ya acompañan bien a este esfuerzo, pero no hay que olvidar que nunca han dejado de trabajar los corazones ciudadanos que lo hicieron posible.

Personas como las que menciono, íntegras, que hacen aquello que consideran correcto e indispensable sin necesidad de tener espectadores, héroes anónimos como Gonzalo Rivas, a quien por supuesto y sin duda debieran darle la medalla Belisario Domínguez sin mezquindades, son las que verdaderamente sostienen a nuestro país.

¿Por qué demonios cuesta tanto trabajo reconocer el trabajo de quienes de todos modos nunca actuaron para obtener reconocimiento, sino sólo porque era lo que debería hacerse en el momento preciso, con o sin reflectores?

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

Sobre Verónica Mastretta

Verónica Mastretta
Licenciada en Relaciones Internacionales (UDLAP), ha sido Consejera Nacional de la Comisión para el Desarrollo Sustentable, Regidora presidente de la Comisión de Ecología y Medio Ambiente, integrante de la Unión de Grupos Ambientalistas así como de la asociación Participación Ciudadana.
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