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Retrato de septiembre

Hace justo un año que unos ojos curiosos y sensibles observan el zócalo de México cada día. Unos ojos que lo conocían poco y que han aprendido a descubrir en él, el pulso de México entero. Con lo bueno y lo malo. Han visto de todo en estos doce meses, de septiembre a septiembre. Lo primero que vieron fue la organización de la ceremonia del grito y luego el grito mismo con un zócalo repleto tres noches después, abarrotado, sin que importara mucho quién saldría por el balcón; lo importante sucedía abajo, con miles de personas enmitotadas por las peloteras y el borlote, el ruido y las fritangas, con los niños desvelados mirando al cielo sobre los hombros de sus padres, esperando el resplandor de los fuegos artificiales.

El zócalo casi nunca descansa. Marchas, plantones, eventos culturales, protestas, desfiles, campamentos, conciertos, todo convive y compite por un pedazo del corazón de México. Ahí sucede lo más inusitado, lo más impredecible. Al centro, el Palacio Nacional, el emblema del poder oficial y laico.

En contra esquina, la cuadra que ocupa la catedral metropolitana es el emblema de los poderes fácticos del clero y las creencias. En las otras cuadras que enmarcan el zócalo,edificios con diferentes giros de comercio y dinero. El eco de lo que ahí sucede se oye en todo el país. La enorme plaza central es la tierra de todos y de nadie, el espacio del pueblo. Hace ya unos años se colocó justo en medio un asta enorme, en la que cada día izan y arrían una gigantesca bandera. Se ve preciosa. Nadie pelea con ella. Solo al atardecer la bandera se rinde ante la noche.

Hay días en que las marchas de peticiones, solicitudes o protestas son tranquilas. Otros días, los granaderos llegan como prevención y otros como contención para que las cosas no pasen a mayores. Puede ser que durante horas, de un lado los policías con sus escudos, sus cascos y macanas se enfrente cara a cara con los grupos más aguerridos que hay en México, armados como solo ellos saben hacerlo. La línea divisoria entre policías y manifestantes puede ser tan delgada como un hilo de seda que contiene milagrosamente a ambos lados. Y aún así, este año, de septiembre a septiembre, el zócalo ha sobrevivido esos acontecimientos con saldo blanco. Se dice fácil, pero no lo es. Hay mucho encono en nuestro país, sobran los motivos para protestar, pero también sobran las razones para preferir que se logren acuerdos sobre los buenos pleitos.

Hay tanta energía rara en ese zócalo. Pensar que la piedra ceremonial más importante y emblemática de la cultura prehispánica, el calendario Azteca, estuvo primero enterrada en el zócalo, frente a la catedral casi 200 años, y luego adosado a la pared izquierda de la catedral por casi cien, es para mí un indicador de que ahí todo puede suceder y casi todo puede convivir.

Esta semana mi curiosa y querida testigo del acontecer en el zócalo me mandó el siguiente chat:

“Te mando esta foto que tomé hoy en la tarde en el zócalo, una tarde particularmente despejada por las lluvias y el viento que le sobraron al último huracán. Es una tarde airosa y especial, con cielo azul y nubes. Te la mando porque hoy entendí lo que es el amor por México. Me tocó estar ahí cuando llegó la hora de bajar la bandera y hacía un aire terrible. La bandera aún estaba húmeda y pesaba muchísimo. Los soldados designados para bajarla no la podían controlar. Cuando inició la ceremonia no calcularon que eso sucedería. No lo sabía y ahora lo sé, que la bandera no debe nunca tocar el suelo en esa ceremonia, pero peligrosamente empezó a rozarlo mientras los soldados trataban con todas sus fuerzas de impedirlo;los hombres designados no eran suficientes porque cuando inició el protocolo no hacía tanto aire. Se ve que desde el Palacio Nacional, desde donde todo lo supervisan, se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo. El problema era ese, que ya estaba sucediendo. Entonces pasó lo que pasó. Los civiles que estaban viendo los intentos fallidos de los soldados para que la bandera no tocara el suelo, sin más entraron a apoyarlos, a ayudarlos, y entre todos cargaron la bandera mientras se iba doblando de acuerdo al protocolo. Ningún soldado se opuso a la ayuda de los civiles, lo importante era que no se arrastrara la bandera; y ahí estuvieron los civiles, ayudando con todo, aunque ya habían llegado los refuerzos. Al final, de manera espontánea, uno de ellos saludó a la bandera y todos los demás siguieron el ejemplo. Miré la hora. Solo habían pasado diez minutos. Los que ahí estuvimos creo que sentimos lo mismo: no solo un profundo amor por México, sino lo que eso significa. Meter el hombro cuando hace falta, sin escatimar, sin condiciones.”

Enrique Krauze en su artículo de ayer en Reforma escribió un artículo titulado “Tres días de mayo”. En él hace mención de la necesidad de liderazgos éticos en nuestro país, necesarios para sacar lo mejor de nosotros mismos, como lo hizo Churchill con el pueblo inglés ante la desgracia de la guerra inevitable para detener al nazismo. El momento exigía del pueblo inglés toda clase de sacrificios, mismos que Churchill no les ocultó, entre otras cosas porque los creyó capaces de hacerlos y de estar a la altura del momento. “Churchill idealizó al ciudadano común con tal intensidad, que al final el ciudadano se acercó a ese ideal y comenzó a verse a sí mismo como Churchill los veía: dueños de un temperamento optimista e imperturbable”. Con eso les alcanzó para sostenerse mientras llegaba ayuda.

No dudo de la necesidad de los liderazgos éticos que Krauze menciona para salir adelante en los momentos difíciles y complicados que estamos viviendo hoy en nuestro país, con todos los problemas que Krauze menciona puntualmente: impunidad, violencia, corrupción, desigualdad, pérdida de rumbo, intolerancia y la amenaza violenta y grosera de Trump, pero también creo que la fuerza individual y la buena actitud existen en un enorme porcentaje de los que habitamos México.

La imagen de los civiles ayudando a los soldados para cargar el peso de una bandera que no debía tocar el suelo, que les pesaba tanto como a tantos nos pesa el país, es para mí muy elocuente, ilustrativa y esperanzadora. No hubo ahí un líder en particular sino una meta inmediata que resolver: que la bandera nunca tocara el suelo, como lo es que nuestro país no toque fondo y caiga en la violencia.

Creo en los liderazgos más en plural que en singular. Más que un liderazgo, se necesitan muchos liderazgos, en muchos espacios, de muchos perfiles. Es cierto que hay momentos únicos que requieren personas únicas, y a veces el azar los permite, pero es más realista y sano reconstruir desde lo múltiple, más líderes menos protagónicos, más líderes diversos, éticos, discretos y sólidos. Líderes civiles y de opinión, líderes obreros, científicos, universitarios,empresariales, espirituales. Muchos líderes no egocéntricos, sino tolerantes e incluyentes, dispuestos a desaparecer o achicarse cuando crezcan los demás. Líderes dispuestos a aceptar y fomentar los relevos generacionales. Hay muchos, y cada vez veremos surgir más. Esos liderazgos encontrarán, porque existen, millones de personas con buenas actitudes para reconstruir nuestro país. Sí necesitamos reconstruirlo, de eso no tengo duda.

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

Sobre Verónica Mastretta

Verónica Mastretta

Licenciada en Relaciones Internacionales (UDLAP), ha sido Consejera Nacional de la Comisión para el Desarrollo Sustentable, Regidora presidente de la Comisión de Ecología y Medio Ambiente, integrante de la Unión de Grupos Ambientalistas así como de la asociación Participación Ciudadana.

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