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Con la audacia de un barco de papel

Un mar turbulento de noticias y estímulos lame nuestros pies y cerebro permanentemente. Poco a poco vamos perdiendo la capacidad de asombro y compasión y, sin notarlo, empezamos a vivir con miedo en el presente y a temer al futuro. Nos toma en vilo la incertidumbre. Olvidamos que vivir siempre ha sido un riesgo y que el final para todos es el mismo; olvidamos eso que ya sabíamos, que no hay certeza de nada ni un blindaje que resguarde para siempre la calma.

¿Para que gastar tanta energía en temer si de todos modos nadie saldrá vivo de aquí? Nacemos audaces. En la naturaleza de los niños está incluida la audacia y la curiosidad. ¿En qué momento compramos la versión de que todo puede ser seguro y certero? La vida es la mejor de las drogas permitida y con ella la risa que a veces perdemos por el anhelo de vivir al amparo de una certidumbre inexistente.

Por desear conservar lo que siempre ha sido transitorio, por creer que hay seres sin los que no podemos vivir, por pensar que nos faltan cosas, o que nuestro país es demasiado imperfecto. Por olvidar que la vida no empieza a los 20 o los 40, sino cada mañana, cuando abrimos de nuevo los ojos a la luz de ese día y su montón de sorpresas, unas buenas y otras a veces horrorosas, pero siempre interesantes.

¿Sirve de algo vivir con miedo? ¿Dentro del nicho de la desconfianza vive la seguridad?

¿Porqué perdemos el anhelo constante de retos y audacia?¿Es natural pretender acabar domesticados como perros falderos?¿Será natural tratar de controlar nuestro mundo , reducir los riesgos, programar la vida, cultivar la perfecta salud y tener siempre saldo a favor en el banco del capital económico, político o social?¿No es el capital como la vida, algo que necesariamente debe gastarse?A nadie podemos heredar nuestras horas.

A veces, cuando oigo el Requiem de Mozart, pienso que podría elevarme a los cielos sin temor alguno, transportada por sus notas a algún lugar en el que nadie sufre, si es que existe. Yo he imaginado la muerte como una forma de descanso, aunque no estaré ahí para disfrutarlo. A los orgasmos hay quien les llama “la pequeña muerte”.¿Cómo será entonces la muerte grande, la verdadera? A saber. Si uno no sabe nada, mas que de nada sabe. Pero no debe ser tan mala donde tantos se mueren. A veces da miedo la muerte y otras es interesante invocarla e imaginar el cruce de ese abismo en el que dejaremos detrás la vida.

Dijo una conocida tanatóloga, Elisabeth Kubler Ross, que mueren con más facilidad los que vivieron su vida intensamente, incluso con más errores que aciertos, los que se equivocaron pero vivieron al menos la experiencia.El que vivió sus fracasos a fondo y los ha superado, el que ha perdido amores, riqueza, poder, seres queridos que eran imprescindibles, la juventud, la patria, la salud, la esperanza , el que ha tomado riesgos , superado la culpa, estará mejor preparado para el paso final sin tener miedo.

En síntesis, los que han vivido a fondo. Y yo le añado mi particular creencia de que se irán con más levedad quienes lo han conversado casi todo. Los que han sostenido largas conversaciones cabeza con cabeza, desentrañando el mundo, desmenuzando lo vivido y por vivir. Ayuda haber vivido, con el aliento suspendido, recordando lo extraordinario, con los polvos gastados, con audacia, sin querer conservar lo inconservable.

Audacia, una hermosa y subestimada cualidad que solemos evitar .

La audacia de emprender un viaje sin itinerario ni hotel garantizado, la audacia de decir lo que pensamos a quien no piensa como nosotros y de aceptar que otra versión de las cosas diferente a la nuestra es mejor o más exacta y completa, la audacia de ser políticamente incorrectos o de declararnos agnósticos; audacia para aceptar que nos equivocamos, audacia para meternos al mar cuando anochece y llueve, de caminar por el campo sin senderos trazados, la audacia de conocer y querer nuevas personas a las que nunca imaginamos en nuestras vidas o en tejer una nueva amistad con alguien a quien conocimos comprando unos zapatos.

Audacia y valor para no tener ahorros, audacia y valor para despertarse sin trabajo y ver cómo se resuelve el día, como lo hacen millones de personas. Audacia para buscar soluciones y evitar los reproches, para sembrar un árbol que vivirá mil años o emprender un proyecto que jamas veremos concluido más que en nuestra imaginación.

Audacia para la generosidad, para reconocer los aciertos de otros y poner en su lugar los nuestros. Audacia para emprender cosas cuando las noticias nos dicen e insisten en que el país va por malos rumbos. Audacia para creer que podemos cambiar nuestra pequeña realidad personal, y la grande, la de nuestro país, aunque sea un pedacito. Y mucho más audacia para asimilar la insensata tibieza de alguna decisión que resultó nefasta. Se necesita ser audaz para digerir el fracaso y recomenzar lo que ya no parece tener futuro o tiempo.

Audacia para alejarnos de la orilla segura de nuestras familias y conocidos, de mundos cerrados y aparentemente predecibles aunque nada lo es. ¿Cómo es que perdemos la audacia, el gusto por los amplios horizontes, por andar en la calle sin la necesidad de compañía, como cuando regresábamos de la escuela en una tarde de lluvia siguiendo el recorrido de nuestro barquito de papel depositado en el caudaloso e imaginario río que corría por las calles pegado a las banquetas, sorteando el riesgo de ser tragado por una coladera.

La audacia de mi barco de papel era la mía. ¿Cuánta perdemos y porqué? En qué momento nos empezó a gustar vivir tranquilos , siguiendo una rutina que disfraza la certidumbre de lo incierto? ¿Ser animal de costumbres es lo sano, lo natural, lo bueno? ¿No es mejor consumir a fondo la droga dura que es vivir acompañada de nuevos conocimientos, nuevos sonidos, música distinta, mucha conversación, risa inteligente y sobre todo audacia para el sarcasmo y la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Audacia para sobreponernos a la amargura del desencanto e insistir en reír.

¿Será que así, cuando nuestro personal barco de papel desaparezca con nosotros a bordo, no hará falta mirar atrás? ¿Para qué, si ya nos bebimos todo el vaso de la borrachera de la vida completo?

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

Sobre Verónica Mastretta

Verónica Mastretta
Licenciada en Relaciones Internacionales (UDLAP), ha sido Consejera Nacional de la Comisión para el Desarrollo Sustentable, Regidora presidente de la Comisión de Ecología y Medio Ambiente, integrante de la Unión de Grupos Ambientalistas así como de la asociación Participación Ciudadana.
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