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Un simple acto de bondad

Hoy, amables lectores, quiero contarles un extraordinario suceso. No de esos que causan la algarabía de toda una nación, o del mundo. No de aquellos que por provenir de una luminaria tiene que difundirse o magnificarse.

No, hoy les quiero contar únicamente que cierto día no muy lejano, quizá esta misma semana, estaba caminando por un mercado público, de los llamados mercados sobre ruedas que se establecen en las calles de cualquier pueblo, para expender los comerciantes sus productos llevados desde lejanos lugares la mayoría de las veces, y que ya ahí se dan cita los lugareños, otros comerciantes y los finalmente consumidores, para adquirir los productos de su necesidad.

Pues bien, en uno de los estanquillos de antojitos, esos que nunca faltan, en una pequeña vitrina se dejaban ver unos vasos de gelatinas de varios colores, atractivas, apetitosas, para un paladar hambriento, necesitado de alimento en esos momentos.

Cercano a dicho estanquillo, sentado casi para no poderse ver, se encontraba un pequeño de unos ocho años de edad, de mirada lánguida, triste, evidentemente con apetito voraz. Yo veía con amargura cómo algunos transeúntes compraban las gelatinas y caminando se las llevaban a la boca saciando o el antojo, o el apetito. El pequeño niño sólo observaba limitándose a imaginar la ricura de ese manjar.

Justo en el momento que yo pasaba vi a un hombre de mediana edad. Compró una de esas golosinas y, cuando se disponía a marcharse, fue alcanzado sorpresivamente por el pequeño quien, haciéndole un ademán, le dijo “¿me regalas una de esas?”, el hombre avanzó unos pasos y nuevamente el chiquillo le inquirió con la misma súplica. Entonces el caballero tomó su antojito y se lo entregó en las manos.  El niño inmediatamente se acomodó entre algunos otros puestos y comenzó a devorar su obsequio.

El hombre regresó al puesto de gelatinas, adquirió otra y se marchó comiendo su dulce manjar. Había satisfecho el deseo del niño, su corazón estaba tranquilo, era una acción impensada y por tanto generosa en toda la extensión de la palabra. Cualquier otro, desconociendo el pedimento del niño, lo hubiese ignorado o tachado de imprudente, de vago, de oportunista, pero esa, la acción que yo había presenciado, era un acto de bondad pura, sin pensarla, que es como los actos de bondad valen en esta vida.

Entonces pensé: ojalá que este pequeño, cuando sea grande, pueda hacer lo mismo con otro ser humano, tal vez en igualdad de circunstancias.

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

Sobre Álvaro Conrado Pérez Aquino

Álvaro Conrado Pérez Aquino
Álvaro Conrado Pérez Aquino, nació en Zimatlan de Álvarez, Oaxaca, el 19 de febrero de 1956, es notario.
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