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El PRI camina a perder la gubernatura en 2018

Fermín Alejandro García/Cuitlatlán/La Jornada de Oriente

 

Los números finales de la contienda del 5 de junio arrojan que la debacle del PRI se debe a una pérdida de 240 mil 25 votos respecto a su mejor resultado obtenido en 2010. Dicha cifra de sufragios no solamente refleja el mal momento por el cual pasa dicho partido, sino permite hacer la proyección de que el tricolor va caminando a perder la gubernatura en 2018 y posiblemente enfrentar un largo y tortuoso periodo de, por lo menos, 18 años fuera del poder estatal.

Dicho resultado es un claro indicativo de que el PRI poblano ha perdido casi un tercio de su voto duro, y que éste en su totalidad ya no le es suficiente para ganar una contienda estatal.

Y la parte más grave es que carece de toda capacidad de penetrar en sectores del electorado que son ajenos a sus estructuras tradicionales.

Los dos únicos factores que podrían cambiar este escenario catastrófico es que Antonio Gali Fayad hiciera un gobierno desastroso, lo cual se antoja poco probable, ya que ha sido al revés, el gobernador electo por su carácter conciliador y de mayor tolerancia salvó al morenovallismo de sufrir una derrota electoral, al frenar el voto de castigo en contra del autoritarismo y de la políticas públicas excluyentes que aplicó Rafael Moreno Valle en sus seis años de administración.

El segundo factor es que el presidente Enrique Peña Nieto reinventara su gobierno y aplicara una cirugía mayor para en el siguiente año y medio ofrecer mejores condiciones económicas a la población; que frenara el aumento de la criminalidad y la violencia que asolan a todo el país, y diera muestras de un verdadero compromiso para combatir la corrupción metiendo a la cárcel a figuras priistas vinculadas al robo de los fondos del erario, al narcotráfico o los abusos de poder, que hay muchos, pero reciben la protección de Los Pinos.

Peña Nieto ha resultado ser un presidente mediocre e insensible, que solo gobierna para las élites económicas y que en esta elección fue un lastre para la abanderada del tricolor en Puebla, Blanca Alcalá Ruiz, y en general para todos los candidatos del PRI a gobernador. Nada hace suponer que en 2018 cambie esta condición.
La frialdad de los números

El resultado electoral de Blanca Alcalá Ruiz ha sido el peor en la historia del PRI poblano, ya que representó una caída del 27 por ciento del voto duro, el cual tuvo su mejor momento en el año 2010, cuando el tricolor obtuvo 883 mil 285 sufragios, teniendo como candidato a Javier López Zavala y pese a que el partido en esos comicios perdió por primera vez la titularidad del Poder Ejecutivo.

Entre los comicios de 2010 y 2013, el PRI había mantenido un nivel de votación superior a los 820 mil sufragios. Por esa razón se ha consideró que ese es el tamaño de su llamado voto duro.

En el equipo de Blanca Alcalá se cometió el error de suponer que, por lo menos, se tenían asegurados los 800 mil votos duros del PRI y que el reto era obtener una franja adicional de sufragantes. Y que con la caída de votantes a favor del morenovallismo se podía ganar los comicios.

Se atinó en cuanto a la caída de la votación del morenovallismo, ya que Gali gana con 869 mil 589 votos, que es 21 por ciento menos que los conseguidos en 2010, que en cifras representa una pérdida de 241 mil 440 sufragios.

Sin embargo, entre 2013 y 2016, el morenovallismo ha oscilado entre los 860 mil y los 920 mil votos.

Lo que en el círculo de Alcalá no se supo advertir es que el PRI venía con una caída pronunciada en sus intenciones del voto por dos razones:

La primera es la razón ya citada: por el engaño que resultó las llamadas reformas estructurales de Peña Nieto que no bajaron el precio de los combustibles y la energía eléctrica, ni generaron más empleo, inversiones y modernidad del sector energético, tal como se ofreció en el proceso electoral de 2015.

Una segunda razón es que el PRI de Puebla nunca ha hecho nada para ganar un solo voto fuera de los periodos de lucha electoral. Para sustentar dicha afirmación hay que revisar lo siguiente:

Los diputados priistas, en las dos últimas legislaturas locales, han sido cómplices de los atropellos y abusos del morenovallismo. Nunca se oponen a nada, ni pelean por un trabajo legislativo que analice y frene las iniciativas que manda el Poder Ejecutivo. Ahí se aprobó con la venía tricolor la privatización del agua, que en el sentir general de la población es lo más oprobioso del actual sexenio.

El PRI nunca alzó la voz en los temas de presos políticos, de la persecución de mototaxistas, defensores del patrimonio cultural o de medios de comunicación. Nunca se puso del lado de la población que sufrió los abusos de los despidos injustificados en el Poder Ejecutivo, en los retenes policiacos, de lo mal que funciona el gobierno estatal, de las comunidades del interior del estado que se quedaron sin agencias del Ministerio Público o padecen las carencias de los servicios médicos del morenovallismo.

Los líderes del tricolor no tienen la capacidad de acercarse a los sectores de la población que son ajenos al PRI o en general a los partidos políticos. Su actuar se reduce a estar cerca o lejos del morenovallismo.

¿Estos defectos pueden cambiar de aquí al año 2018?

No hay nada que indique un cambio en el PRI. Si el partido nombra a Blanca Alcalá como su líder moral, quiere decir que no quiere ganar la siguiente elección.

 

Para mayor información: http://www.lajornadadeoriente.com.mx/2016/06/13/el-pri-camina-a-perder-la-gubernatura-en-2018/

 

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