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Lo que supe por Humboldt

Por Verónica Mastretta

Hay gente que nos enriquece la vida con sus conocimientos, su curiosidad, su sabiduría y hasta sus chismes coloquiales.

Humboldt fue una de esas personas, un científico genial y versátil, pero también un gran divulgador y un ser particularmente curioso. Vivió hasta los 90 años, viajó por todo el mundo, corrió riesgos y modificó el sistema de enseñanza universitarios porque privilegió el aprendizaje en base a la experiencia por encima de la simple información. Quizás le dio tiempo de hacer muchas cosas porque nunca se casó.

A México llegó en 1803, cuando tenía apenas 34 años y llevaba poco tiempo de haber heredado una gran fortuna de su madre viuda y recién fallecida. Una madre fría y enérgica a la que algo extrañó, aunque al parecer valoró más la libertad que le regaló su orfandad. Su inteligencia era de amplio espectro, pues igual le interesaba la botánica, la minería, la geografía, pero también la comida, las costumbres y las formas de vida de los pueblos que iba visitando. 

A México llegó acompañado por el Doctor y naturalista Aimé Bonpland y un joven noble peruano, guapo como Adonis, Carlos de Montúfar, con quien sostenía una relación amistosa y amorosa.

Muchas biografías de Humboldt no tocan ese vals, pero el vals está ahí y no debiera sorprendernos ni el que lo hayan ocultado ni el que ahora se sepa. Nada hay nuevo bajo el sol, pero que tangos hacen quienes pretenden actuar como sí así fuera. 

Hablando del sol, leyendo acerca de la visita de Humboldt a nuestro país me interesó mucho su relato de cuando él vio por primera vez al calendario Azteca o Piedra del Sol, entonces adosado en el costado poniente de la catedral de México, a la altura de la mirada y al alcance de la mano. La enorme piedra labrada apenas había sido encontrada 13 años atrás, el 17 de diciembre de 1790, mientras se hacían unas obras de nivelación de la Plaza Mayor de la ciudad de México. Casi a flor de tierra y  a los pies de la escalinata de la catedral apareció el enorme monolito de basalto de 24 mil kilos. 

En 1559, 38 años después de la conquista, estaba por terminar el ciclo del calendario azteca de 52 años. Por miedo a que en esa fecha los habitantes reavivaran el fervor hacia sus antiguas creencias, el virrey de ese entonces decidió enterrar la Piedra del Sol con la parte labrada hacia abajo, como solían hacerlo los españoles con las figuras emblemáticas de dioses derrotados. 231 años después, el suelo de la catedral dejó  que cortésmente un icono y rival en religiones asomara la espalda y luego la cara : ahí, en todo su complicado esplendor estaba una obra emblemática de la cultura azteca.

El recopilador Diego Durán ( Sevilla 1537-1588)  narra en su Historia de las Indias de Nueva España que la piedra fue traída entre cientos de hombres desde los rumbos de Xochimilco; Durán rescata el nombre de su  escultor, Tecpatl, y la posible fecha de su creación, ordenada por Axayacaytl 42 años antes de la caída de Tenochtitlán . No recuerdo ninguna otra obra de arte prehispánica de la que se conozca el nombre de su creador. 

Se supone que la piedra ya tallada fue usada en posición horizontal en ceremonias de gladiadores y de sacrificios rituales dentro de un recinto cerrado llamado Cuauhxicalco. Aunque se le conoce como el Calendario Azteca, en realidad es una piedra ceremonial cuyo tema es el tiempo y la cosmogonía del mundo azteca. Muchos de los símbolos e imágenes que aparecen en la piedra pueden ser rastreados cientos de años atrás , provenientes de otras culturas mesoamericanas.

El centro de la piedra está dominada por la cara del quinto sol, el de la era cósmica vigente, con la mitad del rostro descarnado y la mitad con piel, símbolo de la vida y la muerte. Su lengua de fuera tiene la forma de un cuchillo de obsidiana. En sus cuatro costados están los soles de las épocas anteriores, el sol jaguar, el del agua, el del viento y el de la lluvia. Leer y recordar todo lo que significan los símbolos de esa compleja obra es apasionante.   

Cuando en 1790 la Piedra del Sol fue descubierta, ya el proceso civilizatorio europeo había dado una buena barnizada al virrey Revillagigedo, quien tomó la decisión de conservar, valorar y proteger tan maravillosa pieza. Primero la dio en custodia al clero de la catedral y en 1793 se decidió fijarla en el exterior de la torre poniente de la catedral; ahí , a la intemperie, permaneció otros cien largos años y los colores se desvanecieron aún más y solo quedaron restos de los pigmentos amarillos y rojos, los colores del sol, con los que fue pintada.

Durante la guerra de intervención de Estados Unidos contra México, entre 1847 y 1848, los soldados norteamericanos que tomaron la ciudad de México usaron algunas veces la escultura para tirar al blanco. Esa anécdota habría que contársela a Trump, tan respetuoso de otras culturas.  Por eso la parte de la cara del Quinto Sol está sumamente dañada. En 1887 fue trasladada por órdenes de Porfirio Díaz al Museo Nacional. Hay una foto fantástica de Porfirio Díaz junto a la enorme pieza; encontré otra de Venustiano Carranza retratado en el mismo lugar y en la misma postura.

En 1964 la Piedra del Sol fue trasladada al Museo de Antropología e Historia, ocupando un espacio central y lleno de  luz, como compensación a tantos años de obscuridad y de castigo.

Entre otras anécdotas más, Humboldt cuenta también que el Marqués de Güemes, Conde de Revillagigedo, fue el responsable de hacer el primer censo de la Nueva España. Según sus datos, la ciudad de México tenía entonces 135 mil habitantes, diez mil de ellos miembros del clero. Un cura o monja por cada 13 habitantes.

El bajo clero podía vivir en la miseria mientras las altas jerarquías tenían fortunas mayores a las de un príncipe alemán; el país tenía  poco más de cinco millones de habitantes. Muy cerca del Palacio del Virrey, hoy Palacio Nacional, las chinampas  aún llegaban  con verduras y frutas de una variedad increíbles. Humboldt conoció y describió con precisión un sistema hidráulico prodigioso y frágil cuya crisis pronosticó con exactitud.

Le alarmó la desigualdad  social y así lo contó:  “Hay una enorme y lacerante desigualdad entre ricos y pobres. México es la ciudad de los palacios y la abundancia, pero también  la de los jacales  y las pocilgas, la penuria y el infortunio. Hay salidas, solo falta que en España deseen encontrarlas; los gobernantes de verdad interesados en la educación y el bienestar de la población, por su propio bien procurarían eliminar la monstruosa desigualdad de derechos y fortunas, aunque tendrían que enfrentar poderosos obstáculos.”  No lo hicieron y los alcanzó la terrible y violenta guerra de independencia.

Las manos y el cerebro que escribieron esto, también tocaron y valoraron bajo el sol de la plaza mayor de México a la enigmática cara central del Calendario Azteca, la fiera cara  del dios Tonatiuh, líder del cielo, el Quinto y último sol azteca, inmortalizado en la  Piedra del Sol que  acababa de ver  de nuevo la luz. 

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

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