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Los hilos que la parca teje finos

Por Verónica Mastretta

Un día despiertas con la certidumbre de ya no poder entender ni descifrar el mundo en el que vives. Recuerdas que  hubo pequeños avisos casi imperceptibles antes de llegar a esta certeza: una tarde ya no viste el enorme pirú que estaba en el cruce de una calle diagonal con una recta. El aire todavía huele a su resina, pero él ya no está ahí, lo talaron ayer para que se vea bien un espectacular desde el que sonríe alguien cargado de promesas.

Otro día pasaste por la casa colonial del siglo XVII en la que estaba la tienda de mochilas llamada “El Potro Alazán” y ya solo quedaba la fachada; sus tres patios son ahora un estacionamiento propiedad de un señor que tiene cientos de gasolineras. El INAH nada vio, ni nada supo. Rumbo a las 2 sur han ampliado la calle Margaritas y del camellón desapareció una jacaranda que tenía una bugambilia trepada hasta la punta, una oda al color en primavera.

Subes a la terraza del hotel Colonial y entre la cúpula de la Compañía y tu mirada se interponen dos antenas repetidoras de sepa dios qué. Frente a la pirámide de Cholula coronada por el templo de los Remedios han puesto un alumbrado público muy salidor, de luz mercurial y postes largos  en forma de chicote.

Ya no está limpio el paisaje entre la pirámide y tú, ya hay un estorbo, ya no se ven las flores. La ex fábrica textil de Mayorazgo fue demolida tan lentamente que dio tiempo de que te acostumbraras al hueco que quedó en su lugar, como una boca negra y sin dientes. Justo ahí, en el nudo vial de cuatro calles por el que cruza el metrobús, construirán unas torres inmensas.

En un costado de catedral, en la calle cerrada de la 3 oriente, dos enormes pantallas de plasma y una carpa gigante tapan la reja y afean el zócalo porque va a haber un concierto. Los probadores del sonido, los reyes de la plaza, cuentan a todo volumen, “uno, dos , tres, probando, uno , dos , tres , probando”. La catedral , el plasma y esa carpa de plano no se llevan.

Anoche antes de dormir supe que sobre la barranca donde desembocaba el río Chinguiñoso tirarán los pocos árboles que quedan y construirán un centro comercial; la barranca unirá los predios de dos particulares para lograr tal fin. Los caminos del agua tienen memoria, igual que los caminos de la mente. El agua de repente recuerda, retoma sus caminos y se lleva todo a su paso: ¿Se llevará graciosos cafecitos, tiendas de ropa y carritos del super gourmet con todo y la señora que lo irá empujando? Ya saldrá la nota en los periódicos y luego se olvidará, aunque el agua no olvide y regrese otro día por su factura

Las referencias que me hacían familiar mi ciudad van desapareciendo y la vista de los volcanes hay que espiarla de puntitas entre espectaculares que anuncian más progreso hacia al precipicio de la modernidad. ¿No progresaríamos si se quitaran y viéramos la vista?¿ No podrían retroceder para quitarlos?¿Porqué hay espectaculares en los camellones públicos? ¿Quién los regentea? ¡Dioses! Ya tampoco se ven los volcanes desde ningún punto del cerro de la Paz. Y no tenemos un mapa mínimo de lo que debiera preservarse sin reservas ni en la ciudad, ni en el estado, ni en el país.

Immanuel Kant, (1724-1804) uno de los grandes filósofos alemanes de todos los tiempos, pasó  su vida dentro de los alrededores de su ciudad natal, Königsberg, pensando, escribiendo y dando clases. Fue un estudiante constante, no espectacular. La constancia, ay la constancia. Por fin la estoy entendiendo como un  don equiparable a la paciencia. El gran constructor de la “Crítica de la Razón Pura” era una alma humilde, necesitado de la rutina de sus hábitos y aferrado al paisaje. Uno de sus grandes tratados fue el de “Observaciones sobre lo bello y lo sublime”. El hombre es un animal de costumbres y él era el emblema de ese dicho. Desde ayer me uno a él de la manera más enfática. ¿Qué somos sin nuestro paisaje, sin raíces, sin sombras y rincones familiares?

Kant era tan metódico que la gente de Königsberg sabía la hora exacta cuando Kant pasaba de ida o de regreso de la universidad a su casa. Era un reloj ambulante. Un día el filósofo no fue a clases. Se preocuparon todos y pensaron lo peor. Seguro había muerto. Fueron a su casa y el único y discreto empleado de Kant les dijo que estaba incomprensiblemente triste , mirando silencioso por la ventana de su estudio. Pasaron semanas hasta que cayeron en la cuenta de que el vecino de al lado había tirado el árbol que Kant veía todos los días mientras escribía. La intención era buena: que entrara más sol a su jardín. La comunidad se organizó y sembraron un árbol lo más grande posible para suplir al caído….y poco a poco Kant recobró la paz del espíritu.

Él mismo  explicaría lo sucedido así: “Cualquier cambio me hace aprensivo aunque ese cambio ofrezca la mejor promesa de mejorar mi estado, y estoy convencido por este instinto mío, de que debo llevar cuidado si deseo que los hilos que las parcas tejen finos y débiles, en mi caso sean tejidos con cierta longitud. Mi sincero agradecimiento a quienes piensan tan bondadosamente por mí, al grado de comprometerse con mi bienestar, pero al mismo tiempo pido del modo más humilde, protección a mi estado frente a cualquier alteración. “

Cuando Kant salió de ese largo silencio tenía 57 años; el resultado fue su obra de la Crítica de la Razón Pura, obra poco comprendida en su momento, pero piedra angular del pensamiento filosófico contemporáneo, pues en esa obra Kant defiende la autoridad de la razón pero también marca sus límites y la necesidad de la virtuosa unión de la razón sumada a la experiencia. Y esta obra estuvo a punto de no ver la luz porque al filósofo le tiraron su árbol más amado.

Ya no descifro al mundo, los hilos de la parca son débiles, muy finos.

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

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