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La payasada se impone en la campaña 2016

Arturo Rueda /Tiempos de Nigromante/Diario Cambio

 

Los periodos electorales son los tiempos propicios para exhibir las actitudes más ridículas y mentirosas de los políticos, especialmente de aquellos que son dirigentes de partidos y candidatos. El circo electoral expone sus peores actitudes con el objetivo de ganar reflectores mediáticos o posiciones de apoyo para sus amigos. En apenas una semana, esa ridiculez ya es evidente en la contienda por la minigubernatura. Un exhibicionismo que va de la larga mentira de Ana Teresa Aranda en su promoción como candidata independiente, pasando por los excesos histriónicos —ya históricos— de Alejandro Armenta Mier y Roxana Luna, y terminando con la absoluta banalidad de ponerle nombre al autobús de campaña de Tony Gali.

El exhibicionismo de los candidatos y sus compinches reemplaza cualquier tipo de discusión de fondo, minando la fortaleza democrática. La payasada manda. Los nombres se vuelven más importantes que las razones, y el uso de estereotipos, como el de Roxana barriendo o Blanca Alcalá pidiendo ser la mamá de todos los poblanos, únicamente refuerzan las imágenes contra las que esas candidatas en teoría luchan.

 

La propia dinámica del proceso excluye la presentación de propuestas serias. El #Promesómetro que todos los días presenta CAMBIO muestra la evidente pobreza de los principales candidatos en su programa. Y tampoco es que tengan mucho para prometer, pues el ganador apenas estará veinte meses en el cargo. ¿Qué cambios de fondo pueden hacerse en ese lapso de tiempo? Pues ninguno. Entonces, ¿para qué prometer?

 

La contienda es absolutamente descafeinada porque no hay contraste en los propios candidatos, ya que el protagonismo centrado en Moreno Valle es inútil, una vez que él no estará en la boleta. Antonio Gali, ni una vez ha pronunciado el nombre de Blanca Alcalá. Y la priista, sin mencionar su nombre, solamente ha hecho una crítica al ex alcalde señalando que “tiró a la basura” el periodo de 4 años 8 meses en la presidencia municipal. Entre ellos no hay cruce de espadas, y tampoco hay ganas.

 

El afán contrastante de Blanca se diluye día con día. En su reunión con la CMIC, y a pregunta expresa de si cancelaría la concesión del agua en caso de ganar, solamente dio evasivas y pidió esperar a su triunfo. Pero hubo algo peor en esa misma reunión: ante la expresa petición de los constructores poblanos para privilegiarlos con obra pública, ni siquiera fue capaz de prometerles eso y solamente les pidió que se unieran para poder ganar licitaciones. ¡El mismo discurso que Moreno Valle y sus secretarios de infraestructura les han recetado en los últimos cinco años! Por momentos, ella parece la candidata de la continuidad.

 

Lo peor para Blanca es que ella ya gastó la bala de la presentación de su programa de gobierno desde la primera semana. Y no pudo fijar en la prensa una o dos propuestas base porque la nota del evento se la llevó el descafeinado Beltrones —ya no tocó a Moreno Valle— al jalarle las orejas a Melquiades Morales delante de todo el priismo poblano.

 

Ahora, tampoco es que Gali ande sobrado. La oferta a los poblanos de bautizar su autobús de campaña resultó casi insultante. ¿Con tantos problemas que tiene Puebla no puede poner otros temas sobre la mesa? Al final, a nadie le interesó cómo se va a llamar el mentado camión, una vez que al final de la contienda no vamos a volver a saber de él, confirmando que fue una ocurrencia absurda.

 

Poco interesante también es la vocación de contrastar a partir de la poblaneidad, un tema recurrente en las campañas locales desde que Javier López Zavala fue señalado de chiapaneco en 2010. Que Gali sea 100 por ciento poblano y Blanca sólo alcance el 95 por ciento no creo que sea una razón de voto, excepto en los estratos sociales menos educados y más discriminadores. Es cierto que la democracia todos los votos valen, pero ¿en verdad quieren entrar a la disputa de ese electorado?

 

Ante los vacíos que generan los dos candidatos principales, el interés se centra en los protagonismos periféricos.

 

El mal de la histeria que impuso el coordinador de campaña de Alcalá se esparce como infección. No contento con haber protagonizado grandes ridículos históricos —del me quieren matar en Tepeaca al denuncio a periodistas sin fundamento y luego me retracto— Alejandro Armenta continúa dilapidando el cierto respeto que había ganado en su carrera. Y esa tesis de la victimización se abona la perredista Roxana Luna, tirada al piso por atravesar un retén luego del homicidio doble en Agua Santa. Su propio video la desmiente: ni la encañonaron ni pidieron que se bajara del vehículo.

 

Pero el premio al ridículo se lo lleva Ana Teresa Aranda: tantos meses luchando por su candidatura independiente para que al final confiese que en agosto del 2015 seguía ejerciendo como consejera vitalicia del PAN, lo que la inhabilita de la contienda, además del escándalo de firmas falsas. Con razón ni el “Bronco”, ni Jorge Castañeda, ni Clouthier le hacen caso. Representa las peores motivaciones para una candidatura independiente: la fobia a un proyecto y sus ganas de ejercer como sicario para ayudar a que otro pierda.

Para mayor información:http://www.diariocambio.com.mx/2016/opinion/tiempos-del-nigromante/item/9324-la-payasada-se-impone-en-la-campana-2016

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