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¿Los universitarios, panacea docente?

Por Guatavo Santín  

Todos tenemos algún buen o mal recuerdo de quienes se desempeñaron como nuestros profesores o maestras de grupo, cuando cursamos alguno de los grados de lo que ahora se conoce, “pomposamente”, como educación obligatoria (preescolar, primaria, secundaria y educación media).

A muchos de los y las docentes se les evoca gratamente y a otros y otras se les quisiera borrar de la memoria por sus infaustas sesiones de clase, pero, sin duda, unos y otros influyeron de alguna manera en el devenir de nuestras vidas.

A no pocos de quienes estuvieron a cargo de nuestra “educación”, los recuerdos les son ingratos tal vez por que pasaron sin pena ni gloria por las instituciones en las que nos formamos. Seguramente muchos traerán a la memoria a docentes de secundaria o preparatoria, egresados de alguna facultad universitaria, sapientísimos maestros de matemáticas, que llenaban grandes pizarrones con formulas a las que los alumnos y alumnas no les entendían ni una jota partida por la mitad y que al final de la clase resolvían todo, señalando que el problema se resolvía a través de alguna fórmula a la que le denominaban “truco”, sin explicar el razonamiento.

Nadie duda que Sergio, por ejemplo, egresado de físico matemáticas de una universidad pública de prestigio era poseedor de grandes conocimientos, pero muchos, la mayoría de sus alumnos y alumnas quedaron vacunados en contra de esa disciplina por sus clases, como tampoco dudaban quienes por azares del destino se alegraban por ser asignados a alguno de los grupos en los que Jaime García, maestro normalista formado en una normal superior, impartía  la misma asignatura. La diferencia entre uno y otro radicaba en la forma de transmitir el conocimiento.

Cierto, como señala Aurelio Nuño Mayer, que de acuerdo a las disposiciones reglamentarias aprobadas por el Congreso de la Unión a instancias del titular del ejecutivo federal y del Pacto por México, que no al capricho del encargado del despacho educativo como pareciera por la declaración en la que anunciara una medida que acabaría con el monopolio, que cualquier profesionista que cumpla “con el perfil relacionado con el nivel, tipo, modalidad y materia educativa correspondiente así como con los requisitos que establezca la convocatoria respectiva, en igualdad de condiciones, sin demérito de origen, residencia, lugar o formación profesional.” (artículo 24, Ley General del Servicio Profesional Docente) podrá sustentar algúno de los concursos de oposición para el ingreso al Servicio Docente.

Tal parecería que el incorporar a egresados de universidades públicas y/o privadas en cualesquiera disciplinas se convertiría en la panacea que permitiría transformar al sistema educativo nacional como si no fuese cierto que desde hace muchos años egresados y egresadas de instituciones universitarias laboran en escuelas secundarias y que su incorporación no ha incidido en la mejora de los resultados que alumnos y alumnas obtienen en las evaluaciones internacionales (PISA) y que las universidades se quejan por las deficiencias con las que egresan quienes se formaron en escuelas de educación media superior, atendidos solamente por personal docente con grados otorgados por instituciones universitarias.

Pero, y por si fuera poco y las experiencias apriorísticas de algunos maliciosos permitieran suponer que quienes se han formado en Escuelas Normales serían mejores docentes que quienes con otros intereses y otra vocación, egresados de universidades, optaran por una alternativa profesional para desempeñarse en alguna rama de las ciencias exactas, humanísticas o de la salud y que, por cuestiones ajenas a su voluntad, incursionaron en la docencia.

Resultados  obtenidos por los suspirante en el proceso de admisión 2014 al servicio profesional docente, analizados en el capítulo 4 del informe “Los Docentes en México, Informe 2015” rendido a la Cámara de Diputados por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), muestra que de los 130 mil 284 en total que  se inscribieron al concurso de ingreso para el ciclo escolar 2014-2015, “Los egresados de escuelas normales obtuvieron mejores resultados (45.4% de idóneos) en comparación con quienes respondieron a la convocatoria pública y abierta (33.9% de los sustentantes en esta categoría)”. A este proceso se inscribieron 72 280 normalistas egresados de escuelas públicas y privadas, inscritos tras ser lanzada la primer convocatoria y  57 mil 642 (44.24%) egresados de Instituciones de Educación Superios (IES) que sustentaron los exámenes previstos en la segunda convocatoria complementaria, “pública y abierta”.

Total que la panacea no es tal. Que los univeritarios, docentes habilitados, no representan una mejor alternativa para el Sistema Educativo Nacional que quienes se formaron profesionalmente para el desempeño de la función docente en las escuelas normales y más si se considera que “En la Educación Básica dicho perfil corresponderá al académico con formación docente pedagógica o áreas afines que corresponda a los niveles educativos, privilegiando el perfil pedagógico docente de los candidatos; también se considerarán perfiles correspondientes a las disciplinas especializadas de la enseñanza”, limitaciones que se establecen en el segundo parágrafo del artículo 24 de la Lgspd y que permiten suponer que no habrá universitarios frente a grupo en las escuelas preescolares y primarias públicas del país y que si acaso, se incorporaran, como ya lo hacen cuando actualmente se trate de impartir alguna asignatura especializada (ingles, educación física, artística).

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7.

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