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¡Feliz aniversario, Tehuacán!

Por Abel Pérez Rojas

A Tehuacán, en su CCCLVI aniversario.

Cuando tomamos clara conciencia de los vínculos que establecemos con nuestro terruño, estamos en condiciones de ver, sin fanatismos, nuestra procedencia y, con formación, –principalmente autogestiva- podemos sentar las bases para el desarrollo de la visión glocal, aquilatando el verdadero valor de lo local y dándole la trascendencia universal.

Sin embargo, no basta con querer el lugar de origen, porque combinado este sentimiento con el extravío intelectual, afectivo y moral, suelen gestarse localismos acendrados que tanto daño han ocasionado a la humanidad.

En mi caso, lo que representa Tehuacán, mi ciudad natal, ha sido muy importante para externar en mi obra el calor fraterno de lo próximo y, con esa cimentación, mirar los deslumbrantes aportes de la posmodernidad sin, hasta ahora, haber perdido la vista.

Tehuacán, la ciudad a la cual llegaron mis padres procedentes de Oaxaca hace poco más de  sesenta años, es el sitio que vio nacer a mi vasta familia y el espacio vital en el cual pasé los primeros años de mi vida.

Tehuacán, la cuna del maíz y la que en sus entrañas albergó pasajes históricos de relevancia nacional.

Tehuacán, el territorio sagrado en cuyas sombras mujeres y hombres buscaron los secretos de transición de la profano a lo divino.

Tehuacán, la ciudad que cada 16 de marzo conmemora la adquisición de la categoría de Ciudad.

Tehuacán, la segunda ciudad de mayor importancia del estado de Puebla.

¿Dónde está la esencia de Tehuacán?

No está sólo en las montañas y ríos, ni tan sólo en sus calles y barrios, ni en su flora, ni en su fauna. Está ahí, en todo eso que provoca un entramado tangible e intangible. Está en cada ser nacido en sus entrañas y en aquellos que llegando de doquier la hacen suya, la viven, la disfrutan, la hacen palpitar.

También está en quien, distante, tiene presente en su mente y en su corazón ese punto que da sentido al infinito Universo.

Eso es lo que en el caso de Tehuacán se conmemora y festeja durante estos días: la fusión por la cual los seres humanos vivifican a la ciudad y la ciudad civiliza a las personas.

Ese pacto que provoca una utopía siempre alejándose, que al distanciarse toma cuerpo la historia común, esa historia fraterna que nos identifica como paisanos en el espacio y también en el tiempo.

Así que quienes compartimos el haber nacido en un mismo lugar, en realidad somos hermanos en el tiempo y en el espacio desplazándose en los imperceptibles movimientos de esta parte del planeta y su relación cósmica.

Regreso a la pregunta de hace unos minutos: ¿Dónde está Tehuacán?

Respondo convencido: Está en el aquí y en el ahora, en el cerro Colorado y en sus manantiales, en sus  cactáceas y en sus fósiles, en sus tejidos y en sus artesanías de mármol, en el rostro de unos y de otros, en sus hijos esparcidos por el planeta y que, aún sin recordarlo, llevan polvo cósmico de estos lares; está aquí  en el presente constante por el cual entendemos la existencia del pasado y la fuerza del presente.

Aquí, aquí y ahora.

¿Está usted de acuerdo?

@abelpr5

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