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Las últimas muy dramáticas y traidoras horas de Isabel Allende en el PRI

Por Selene Rios Andraca /Dios en el Poder/Periódico Central

Ay Jesucristito. Estoy a punto de ir a al doctor porque no es posible que cada que inicia un proceso electoral, mi salud se vea perjudicada y sobre todo estos días en que se combinan las campañas electorales, la influenza, la chikungunya — clap, clap, ¡haz que huya! qué gingle tan espantoso—, mi alergia, los cambios bruscos de temperatura, los bots en las redes sociales, las campañas de lodo, el estrés, las firmas de los independientes y la nostalgia electoral. De momento, me duele mi corazoncito y mi hombro derecho —porque tengo la malita costumbre de dormir con los brazos enroscados, y despierto con una entumidera que ni Dios me libra, pero eso luego se los cuento— y eso que nomás se trata de la elección a la Mini-Gubernatura, imagínense en el 2018, me voy a desmayar medio año para no sufrir a los mil ocho mil candidatos que habrá para esas fechas.

Hasta las primeras horas del martes, mi corazón me dolía por culpa de mi querida Blanca Alcaláy su miedo al gobernador Rafael Moreno Valle. Pero en el transcurso del día, la cosa se complicó. Mi dolor se agravó, pues además de que a  Blanquita le publicaron unas supuestas (y photoshopeadas) bitácoras de vuelo, se filtraron conversaciones del abandono de la estructura marinista y ni hablar de la entrevista con Adela Micha, la pobre Ana Isabel Allende tuvo uno de los peores días de su vida. Se los juro. En cuanto me enteré de sus horas críticas o, mejor dicho, de sus últimas horas como dirigente estatal del PRI me dieron ganas de salir corriendo a las oficinas centrales del partidazoa cuidar que no se llevara las hojas blancas, la papelería y los clips, já, no es cierto, broma intermedia de la columna de muy mal gusto, en serio, sí me dieron ganas de salir corriendo a darle un abrazo a la Chabelita.  

Créanme, ustedes aunque no sean priistas y aunque sean de esas personas que se ríen de las desgracias ajenas, hubieran sentido lo mismo que yo. Porque Ana Isabel Allende se levantó ese día, se mal vistió como siempre, se alborotó el cabello y se fue a trabajar con la firme de convicción de que esa reunión con las estructuras del tricolor sería como la de cada semana: puro choro y nada fuera de lo normal, sin imaginarse la desventura que le esperaba.

Let´s see.

**

Apenas pisó Ana Isabel su oficina sintió algo extraño, como ajeno. Pero a esa hora todo marchaba igual, sin cambios en la agenda, sin noticias de México ni del búnker blanquista. Una día normal, pues. La reunión con la estructura estaba por comenzar y Ana Isabel tenía casi todo listo para el encuentro con los líderes priistas, de pronto, el delegado Rogelio Cerda entró en su oficina con unos documentos en las manos.

Palabras más, palabras menos, sucedió esto:

—Ana, tenemos que hablar.

—Pásale, delegado. Qué bueno que te veo antes de la reunión, no tardan en llegar todos y mira yo te quería comentar sobre la campaña de nuestra candidata y por el bien de nuestro partido que…

—Ana, recibí noticias de México.

—urge una… ¿En serio? Ah pues, yo he estado aquí toda la mañana y no han llamado. De hecho estoy esperando que me llame el Presidente de nuestro partido para…

—Ana, será mejor que te sientes.

—¿Pa… pasa algo malo, delegado?

—Ana, el Presidente Manlio Fabio Beltrones te pide que firmes esto…

—¿Qué es eso?

—…

La dirigente se quedó pasmada unos segundos. Leyó el documento membretado de su partido.

—¡¿Mi renuncia?! ¡¿Esta es mi renuncia?! ¿Qué pasa, Rogelio, qué sucede? ¿Quién dice? ¿Quién redactó esto?

—La carta me la acaban de mandar, Ana. La tienes que firmar.

—Pero el presidente estuvo aquí y no me dijo nada… no me dijo nada… ¿Por qué quieren mi renuncia?

—Dice el Presidente que: son los tiempos, Ana. Firma.

—No, no, no. No voy a firmar nada. No voy a firmar nada.    

—No lo hagas más difícil.

Ana Isabel se quedó sentada con su carta de renuncia entre las manos. Pasó un minuto, luego dos, luego tres.

—¿Quién va a llegar en mi lugar?

—No me dijeron. Nada más enviaron la carta.

—¡Dime quién va a llegar!

—Te juro que no lo sé.

—¡Dímelo!

—No lo sé.

—¿Te puedo pedir un favor, delegado?

—Claro.

—¿Me das cinco minutos a solas en mi oficina?

—¿Cinco minutos? Está bien.

Apenas salió el delegado, Ana Isabel se abalanzó sobre su celular. Primero le llamó a Manlio Fabio. Nadie respondió. La segunda llamada la botó al buzón. Desesperada buscó el número del particular del líder nacional de su partido. Tampoco le tomó la llamada. Respiró profundo. Otra vez le marcó al particular. Nada. A Manlio, tampoco. Desesperada, le marcó al chofer de su presidente. Ni siquiera él le tomó la llamada.

Tomó el teléfono fijo y le pidió a su secretaria que la comunicara con el Presidente Nacional. Tampoco tuvo suerte. Ni con el particular ni con el chofer. Ninguno de los tres tomaba las llamadas de Puebla.

Cuando el delegado regresó a la oficina se encontró con Ana Isabel acariciando su silla, su escritorio con la mirada perdida. El delegado lo supo. Ana Isabel estaba llorando. Incómodo, estaba a punto de salirse otros cinco minutos cuando ella lo detuvo:

—¿Te puedo pedir otro favor, Rogelio?

—Claro.

—Me quiero despedir.

—¿Despedir de quién?

—De todos.

—Está bien. Ya están los dirigentes esperándonos y necesito que me firmes.

—Dame unos minutos, me quiero despedir de mi gente.

—No te tardes, Ana, por favor. Ya vamos tarde. Urge que me firmes.

La todavía lideresa del PRI, con los ojos inyectados de lágrimas, mandó traer a las secretarias. Las abrazó. Lloró. Les dio las gracias por su apoyo. Mandó traer a las asistentes de los secretarios. Las abrazó también. Volvió a llorar. Mandó traer a los Secretarios partidistas. Lloró. Los abrazó. Mandó traer al velador, al conserje, al señor que cuida los carros, al que los lava, al de las papas, al viene-viene que cuida los carros a dos cuadras de las oficinas centrales, a la señora de los jugos de betabel, a la de las gorditas, al globero que casi nunca pasa por la Diagonal…

—Ana, necesito que firmes la renuncia.

Ana Isabel firmó. En cuanto asentó sus grafos en el documento enviado desde el Comité Ejecutivo Nacional, el delegado le dio la noticia.

—Llega Jorge Estefan Chidiac.

—¡No es cierto! ¡Es mentira! ¡Es mentira! ¡Él no! ¡Él no!

—En media hora, se hará pública tu renuncia y se oficializará la llegada del diputado. Voy a la reunión con la estructura. Recoges tus cosas, por favor, Ana, desaloja la oficina. Hasta luego.

**

Una hora antes que el delegado entrara a la oficina de Ana Isabel con la renuncia impresa, en el Comité Ejecutivo Nacional, Manlio Fabio revisaba las pruebas en contra de Ana Isabel por la filtración de las fotografías y del video de la candidata del PRI subiéndose y bajándose del helicóptero. Los únicos que estaban ahí cuando la candidata subió y bajó fueron los guaruras de Ana Isabel Allende.

O al menos, eso fue lo que el equipo de Blanca Alcalá le reportó a su presidente desde el domingo pasado y el mismo martes en la ciudad de México.Tanto Manlio como la candidata decidieron enviarle la carta, entregársela y avisarle quién sería su sucesor con media hora de antelación para evitar que atentara contra su sucesor de nuevo como lo hizo con Ricardo Urzua.

Uf.

¿Ya entienden por qué me urge ir al doctor?

Pobre Ana Isabel ni porque se agarró como gato bocarriba, se quedó en el PRI.

Corrijo: pobre Blanca Alcalá. Está rodeada.

Miau.

Para mayor información:http://www.periodicocentral.mx/2015/columnistas/las-ultimas-muy-dramaticas-y-traidoras-horas-de-isabel-allende-en-el-pri
                  

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