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Tan lejos de Dios, tan cerca de DiCaprio

Por Marco Rovira

El pasado domingo 28 de febrero tuvo lugar la ceremonia anual de los premios Óscar, de la academia norteamericana del cine, en la cual, como muchos suponían, algunos mexicanos resultaron galardonados.

Para nadie fue una gran sorpresa el triunfo de Alejandro González Iñárritu por su película “The revenant” (El renacido), en la categoría de mejor director, así como el triunfo del mexicano Emanuel Lubezki en la categoría de mejor fotografía. Desde el comenzó, medios de comunicación, gente del medio artístico nacional e inclusive políticos ­la oficina de la presidencia, por ejemplo, publicaron una felicitación oficial a Iñárritu por su premio; se lanzaron a la congratulación para estos artistas por su importante logro, tomándolo como un éxito no sólo de ellos sino de todo México.

Algo que resulta llamativo en este y otros casos similares es la actitud generalizada de triunfalismo que encubre la más triste de las derrotas. Si bien es cierto que resulta estimulante ver como personas de origen mexicano sobresalen a nivel internacional, muchas veces se quiere dejar de lado un tema central que está en el trasfondo: ¿por qué el talento mexicano tiene que irse a otros países, como los Estados Unidos, para poder sobresalir?

 

Fracaso del nacionalismo revolucionario 

La respuesta a esa pregunta está relacionada con el fracaso del nacionalismo revolucionario y con una condición de subalternidad generalizada que explica, en buena medida, el fenómeno, y ambos factores están relacionados. Por un lado, después de la Revolución mexicana, nuestro país consolidó un discurso que apuntaba a buscar el desarrollo de todo el potencial –económico, cultural, social, etc.­– existente, desde la perspectiva del orgullo nacional, tratando de favorecer el desarrollo interno antes que al mercado exterior.

Con ese objetivo se crearon instituciones culturales propias, se legisló para privilegiar a la industria nacional en detrimento de la extranjera, se nacionalizaron empresas, algunas de las cuales dominaban sectores estratégicos de la economía, y el país parecía estar tomando un rumbo sólido con un futuro prometedor, sensación que se reforzaba por el crecimiento económico promedio del 6% anual y la expansión constante de la clase media.

Para la década de 1960, este discurso nacionalista y desarrollista comenzó a mostrar importantes fracturas –una de las más importantes se dio en 1968, como resultado de la brutalidad del gobierno diazordazista para reprimir al movimiento estudiantil-, orillando al Estado mexicano a una profunda crisis, en todos los sentidos, de la que hasta ahora no hemos terminado de salir.

En medio de esa crisis, un grupo de tecnócratas herederos del poder se fueron posicionando cada vez más alto en la estructura de gobierno, hasta encumbrarse y dominar al Estado mexicano a partir de 1982. Una característica común de estos personajes es que ellos se habían educado en prestigiosas universidades estadounidenses y no compartían tanto los ideales del nacionalismo revolucionario, aunque muchas de las veces se valieran descaradamente de la retórica revolucionaria para pretender implantar sus políticas económicas y sociales.

A partir de entonces, ser nacionalista, así como pretender destacar por nosotros mismos con medios propios, comenzó a perder importancia y fuimos aceptando de manera cada vez más cínica una posición de dependencia respecto al exterior, misma que se fundamenta en buena medida en un complejo de inferioridad, servilismo, y admiración hacia nuestro vecino poderoso del norte.

Con este trasfondo, se puede entender mejor que hoy en día medios y gobierno tengan el cinismo de festejar al talento mexicano con una mano, mientras con la otra se encargan de menospreciar a la producción artística nacional —como hace, por ejemplo, Televisa- o cancelar oportunidades de desarrollo dentro del país, ­recordemos que presidencia acaba de anunciar, hace unos días, un recorte de 100 millones de pesos al Conacyt .

Ahora bien, si el problema fuera sólo del grupo en el poder se podría generar una transformación importante con un cambio de gobierno, por ejemplo; pero este fenómeno de desprecio por lo nacional y aceptación de las carencias propias sin ninguna intención de resolverlas, también se sustenta en una parte de la sociedad, que de una u otra forma comparte esta ideología.

 

Identidad distorcionada y el triunfo de DiCaprio

Muestra de lo anterior fue la sorpresiva concentración en el Ángel de la Independencia la noche del 28 de febrero, en la que un grupo de ciudadanos se lanzó a festejar el triunfo de Leonardo DiCaprio por su Óscar como mejor actor, tema que no vamos a desarrollar aquí por no ser pertinente, basta con señalar lo significativo que resulta que un grupo de mexicanos considere, como propio, el triunfo de un actor hollywoodense extranjero, y lo festeje en uno de los principales símbolos nacionales, como lo es el ángel de la Independencia.

Pensemos en esto como una muestra clarísima de hasta dónde se ha distorsionado la identidad mexicana, en buena medida por la pérdida de importancia del nacionalismo, gracias al discurso de la globalización y la integración transnacional, además de lo patético que resulta celebrar fenómenos mediáticos como los Óscares sin la más mínima pizca de autocritica, o reflexión, sobre lo que estamos haciendo mal como país para generar que el talento se nos fugue y que este tenga que encontrar respaldo en otros lugares, mientras que a los que se quedan en México cada vez se les cierran más oportunidades.

Quizá ser nacionalista ya no esté de moda, y sin duda el nacionalismo revolucionario es un discurso con muchos errores o construcciones ficticias acerca de una idea de Nación, pero seguro tiene más lógica que ungirse con los triunfos ajenos o festejar en el Ángel, al grito de “Leo, hermano, ya eres mexicano”. 

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7. 

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