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¿Tiene salvación la Iglesia?

Por Marco Rovira

La reciente visita del papa Francisco a nuestro país ha despertado una gama amplísima de reacciones y opiniones en torno al tema de su papado, la relación del Estado con la Iglesia, la situación de los Derechos Humanos en México, las víctimas de pederastia clerical y otros tantos, no menos importantes.

En este caso particular, lo que nos interesa es plantear una pregunta específica: ¿Puede una figura como el papa Francisco realmente oxigenar a una institución tan viciada y anacrónica como la Iglesia católica y hasta qué punto? Para que pudiésemos afirmar que sí, sería necesario percibir señales claras en buena parte de los niveles del clero que indicaran que está ocurriendo una transformación profunda en el mismo. 

En este sentido, desde el principio se ha generado una gran expectativa sobre las posibilidades de que un miembro de la Iglesia, emergido de las filas jesuitas, traiga un aire renovador que corrija el camino de corrupción y distanciamiento de la sociedad que tanto ha afectado a la imagen de la Iglesia desde años anteriores. Sin embargo, hay una serie de razones para creer que, más allá de las buenas intenciones personales del Papa, esta institución se encuentra sumergida en un lodazal del cual no será fácil salir.

Es necesario reconocer que, desde el comienzo, el papa Francisco llegó con un discurso de renovación y cero tolerancia a la corrupción, hizo algunos cambios dentro del vaticano y ha mantenido una retórica que busca acercarse a los más pobres o a las víctimas de las diversas desgracias que aquejan a la humanidad, lo que da cuenta de que, a nivel personal, al menos, existe un sincero deseo de reformar a la Iglesia.

Sin embargo, la corrupción no ha cesado dentro de la misma, siguen estando pendientes numerosos casos de sacerdotes pederastas que no han sido expulsados del clero, ni castigados por la justicia, y existen aún varios temas pendientes que la Iglesia se niega a discutir abiertamente para una eventual normalización de fenómenos sociales que van avanzando, como el tema de los matrimonios de personas del mismo sexo, o el aborto.

 

La Iglesia de Roma, aferrada a la tradición

Ante esto, es necesario recordar que la Iglesia de Roma es la institución más antigua del mundo occidental y nunca se ha caracterizado por ser precisamente un motor de progreso, antes bien, su rol siempre ha consistido en aferrarse a las posturas más tradicionales para defender el statu quo imperante.

Recordemos, por ejemplo, que la Iglesia, en su momento, fue enemiga de la democracia, de la emancipación de las mujeres, de la revolución industrial, del socialismo, del anticolonialismo, y de muchos otros temas que hoy forman parte del desarrollo de las sociedades occidentales. Cuando quedó claro que la lucha contra ciertas transformaciones sociales estaba perdida, la Iglesia tuvo que ajustarse a los cambios, como en el caso de la democracia o el derecho de voto para las mujeres, pero siempre tarde y a regañadientes. 

Lo anterior no significa que dentro de esta institución no podamos encontrar individuos o grupos más abiertos al cambio, o más críticos respecto a su rol como religión institucionalizada; sin embargo estas voces han sido siempre disidentes aislados que raramente han podido tener presencia en espacios de poder político dentro del clero. En ese sentido, el caso del papa Francisco es más bien atípico.

En el caso particular de la Iglesia católica mexicana, su jerarquía ha destacado por su conservadurismo y su constante relación con las élites de poder político y económico nacionales, a tal grado que se ha convertido en parte integrante del sistema de dominación imperante en México. Su jerarquía, encabezada hoy por Norberto Rivera, ha sido omisa en temas tan sensibles para México como la desigualdad económica, la corrupción política, las víctimas de la violencia, la explotación de los indígenas, tan sólo por mencionar algunos. Es hasta ahora, cuando la violencia comienza a golpear a miembros del clero, que la cúpula del poder eclesiástico nacional ha comenzado a alzar la voz en este tema.

 

La presencia del papa Francisco en México

Ahora bien, mucha gente tiene la esperanza de que la presencia del Papa Francisco en México sirva para cambiar esta situación, además de que los medios y la feligresía lo han convertido (sin que él lo pidiera) en un interlocutor externo que encause las preocupaciones de buena parte de la sociedad mexicana respecto a la grave situación política, económica, y social que se vive en el país.

Por su parte, el papa ha lanzado algunos pronunciamientos en contra de la corrupción (laica y clerical) y de la violencia en el país, sin llegar nunca a un conflicto abierto con las autoridades nacionales, y guardando silencio frente algunos temas espinosos como el de la pederastia clerical en México, o las revelaciones sobre el fraudulento proceso administrativo que llevó a la anulación del primer matrimonio de Angélica Rivera, paso necesario para que esta pudiera casarse con el hoy presidente Enrique Peña Nieto. 

Aunque el Papa ha hecho su parte, no hay indicios claros de que su presencia vaya a resultar especialmente significativa en términos de un verdadero cambio social y político en México, ni para la Iglesia ni para el gobierno. Por el contrario, todo parece indicar que, una vez pasadas las celebraciones y el circo mediático que acompañan siempre este tipo de visitas a nuestro país, el jefe de la Iglesia regresará a Roma y México volverá más o menos a lo que ahora entendemos por “normalidad” (corrupción, impunidad, violencia, desigualdad, abusos). 

Este resultado era previsible desde el inicio. Resulta inocente creer que la voluntad de una sola persona, aunque se trate del mismísimo papa de Roma, pueda transformar la realidad, más cuando no hay toda una estructura institucional y humana que posibilite ese cambio, cosa que la Iglesia católica no tiene ni parece estar dispuesta a tener; antes bien, los escándalos siguen mermando su imagen, como las revelaciones en estos días por parte de la BBC sobre una relación cercana entre una mujer y, el ahora santo, Juan Pablo II, misma que parece indicar una posible relación de tipo íntimo entre ese personaje y su “amiga”.

Ante la rigidez del clero para cambiar y renovarse, así como el clima político mundial cada vez más conservador y oligárquico, las intenciones del papa son principalmente prédicas solitarias en un mar de conservadurismo, y recordemos que, como dice el dicho, “una golondrina no hace verano”. 

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7. 

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