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El poder no se hereda

Por Marco Rovira

Desde la época colonial, ha sido común que nuestra clase gobernante considere que entre sus facultades o atribuciones está el poder incluir a parte de su familia dentro del gobierno.

Esta práctica fue algo normal en el contexto de las sociedades de antiguo régimen donde la democracia no existía, y el poder se reservaba sólo a un grupo selecto que se consideraba con derecho a gobernar por descender de la nobleza, o estar vinculada directamente a ella, situación fundamentada en la desigualdad, una desigualdad que a ese grupo y sus familiares les garantizaba una serie de privilegios y comodidades que se consideraban legítimos como parte de su condición de grupo gobernante.

La situación comenzó a cambiar a partir de las revoluciones burguesas que se produjeron en los siglos XVII y XVIII, tanto en el viejo continente como en Norteamérica, momentos cruciales en la historia de la humanidad que implicaron arrebatarle buena parte de su poder y privilegios a un grupo gobernante que cumplía ineficazmente con su trabajo y que se había pervertido hasta grados inaceptables en sus caprichos y lujos frente a una masa gigantesca de excluidos y marginados.

Este cambio no se dio sólo en el plano de la revolución social, sino que también hubo una especie de revolución intelectual y cultural que acompañó este proceso, y en ocasiones inclusive lo originó o reforzó. Parte de esta revolución en el campo de las ideas y la cultura consistió en considerar cada vez más a los gobernantes como representantes de la voluntad del pueblo -y no como dueños y amos del poder- mismos que además de sus facultades debían rendir cuentas a un espectro cada vez mayor de la sociedad, el cual ya no sólo eran los aristócratas, la Iglesia, o terratenientes, sino también la burguesía -producto de la expansión económica europea que comenzó en la era de las conquistas transatlánticas-, y paulatinamente a otros actores sociales como las clases medias, los trabajadores, las mujeres y varios más. Este cambio fundamental para la humanidad -y que aún sigue en proceso- ha sido el resultado de la sangre, el intelecto, la fuerza, y el apoyo de miles de personas a lo largo de la historia que se consagraron a esta causa. 

Lamentablemente, existen aún muchos obstáculos para alcanzar el objetivo de un gobierno más representativo y democrático. Uno de ellos, y que es particularmente molesto en el caso de la realidad mexicana, es que la clase gobernante insiste en pensar que los cargos públicos son una propiedad particular que pueden usufructuar a su gusto sin tener que rendirle cuentas a nadie.

De lo anterior sobrarían ejemplos en todos los estados y en todos los niveles –pensemos tan sólo en la “feuderalización” que dio inicio con los gobiernos panistas desde el año 2000, y que ha convertido a los gobernadores en una especie de señores feudales que hacen lo que les place en sus estados, manejando una gran cantidad de recursos en formas muy poco transparentes-, pero aún más molesto es cuando llevan esta idea arcaica al extremo de pretender perpetuarse en el poder heredándolo a sus familiares, a veces poniéndolos directamente en los cargos –delito conocido como nepotiso-, o en otros casos la situación los obliga a apoyar candidaturas de sus parejas, hij@s, amig@s o concubin@s con recursos públicos, una práctica que raya en el nepotismo y que podría indicar malversación de fondos.

Respecto a esto último, podríamos resaltar el caso de la presidenta del DIF municipal de Puebla, Dinorah López de Gali. En los últimos días, la ciudad de Puebla ha sido tapizada con propaganda que, supuestamente, busca mostrar los logros alcanzados por la servidora pública como parte de su informe anual de labores, además han aparecido numerosos spots en internet y otros medios electrónicos, así como cobertura en varios medios impresos sobre el perfil y las actividades de esta señora.

En realidad, muchos sabemos que todo esto es una forma encubierta de promoción a su imagen política con el objetivo de lograr una eventual candidatura de su partido para contender por la alcaldía poblana o quizá incluso por la minigubernatura del estado; sin embargo esto último parece poco probable ya que su esposo, Antonio Gali Fayad, se ha desempañado como presidente municipal de Puebla y deberá hacerlo en teoría hasta el año 2018, aunque muchos creen que él buscará la minigubernatura, lo que dejaría vacante la silla de la presidencia municipal, misma que su esposa podría ocupar, lo que equivaldría prácticamente a heredarle el cargo, eso aún está por verse. 

Como quiera que sea, no estamos ante un fenómeno único, sino que cada vez más comienzan a aparecer estas aspiraciones de transmitir el poder a la familia, muchas veces simulando democracia con todo el proceso electoral; recordemos, por ejemplo, el caso de Martha Sahagún de Fox, quien al final de su sexenio barajó la posibilidad de ser la candidata del PAN para las elecciones federales del 2006, o la ahora precandidata del mismo partido, Margarita Zavala de Calderón, quien tiene ambiciones de convertirse en la primera mujer presidente de nuestra historia para el año 2018. 

Aunque estas señoras del poder se quieran presentar a sí mismas como independientes a sus maridos –y a los intereses que los unen a ellos con las personas que los han apoyado o financiado-, la realidad es que es ineludible pensar que se trata de un intento por extender el mandato de sus respectivos conyugues; de lo contrario, tendríamos que ver de su parte propuestas definidas que claramente se diferencien de lo hecho por sus esposos, además de tener una postura crítica con respecto a sus aciertos y errores durante el tiempo en que ellos han sido gobernantes, y sobre todo, que no se utilicen recursos públicos para promover su imagen a costa del contribuyente y con todo el aparato de apoyo administrativo y gubernamental que dirigen sus maridos, como es evidente en el caso de la señora Dinorah López de Gali.

A pesar del esfuerzo gigantesco que la humanidad ha realizado para evitar que el poder siga siendo el bien de unos cuantos, mismos que se turnan o heredan como quieren, aún existen ciertas pretensiones impropias, en ese sentido, por parte de nuestros líderes políticos, quienes no han terminado de entender que esto ya no es el México del siglo pasado ni de la colonia y que el poder, por un mínimo de decencia y rectitud, no se hereda.

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7. 

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