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Aprender del pasado

Por Marco Antonio Rovira

Nada está escrito en el futuro. Esta afirmación debería estar siempre presente como advertencia a la hora de reflexionar sobre los problemas actuales, y la relación que nuestro conocimiento del pasado histórico guarda con ello.

En el siglo XIX y aún en el XX era vox populi la idea expresada por el filósofo español George Santayana, de que “aquel que no recuerda su pasado está condenado a repetirlo”. Si bien hoy en día es común escuchar esta idea, la realidad es que el avance del conocimiento histórico y, principalmente, el desarrollo de múltiples hechos en nuestra historia reciente que se creían bien conocidos e imposibles de volverse a producir, han ido restando fuerza a esta idea. Parece entonces que aun conociendo muy bien nuestra historia podemos seguir errando el camino.

Lo anterior viene al caso a raíz de las polémicas declaraciones hechas por el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, quién la semana pasada, y poco antes de una visita oficial que hizo a Alemania, culpó  al líder palestino Haj Amín al Huseini de ser el autor intelectual del Holocausto, exculpando implícitamente a Hitler por aquel crimen atroz que se cobró la vida de más de once millones de personas, entre judíos, gitanos, homosexuales, polacos, socialistas y comunistas, entre otras víctimas lamentables.
Resulta interesante que el propio Netanyahu es hijo de un historiador israelí, por lo que la historia no resulta ser un campo extraño para él, lo que demuestra que se puede saber del tema, pero eso no nos exenta de los usos políticos con que puede tergiversarse un hecho para, en este caso, justificar una política de colonización y agresión sistemática en contra de un pueblo –el palestino-, misma que muchos observadores, medios, e intelectuales, no han dudado de calificar como genocidio.
Pero las declaraciones del Primer Ministro israelí no son el único síntoma de que el mundo ha empezado a desechar lo que hechos tan terribles, como la Segunda Guerra Mundial o el Holocausto, nos han podido advertir. 
Recientemente, el gobierno conservador de Japón tomó una decisión histórica que aprueba la participación de ese país en intervenciones militares extranjeras, algo prohibido hasta hace poco como resultado de las nefastas consecuencias que para ese país tuvo su entrada a la Segunda Guerra Mundial, la cual, en buena medida, estuvo orientada por una ambición expansionista y militarista.
Europa no está exenta de esta fiebre de odio que contagia al mundo. Basta con mencionar ejemplos como el de la emblemática imagen de la periodista húngara Petra Laszlo, quien pateó a unos migrantes sirios cuando estos pasaban por su país para alcanzar refugio en otras naciones, como Alemania; está el caso del propio primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, quien en un principio se negó a darles acogida a los miles de sirios que huían de la guerra en aquel país, proponiéndose inclusive retenerlos y repatriarlos a ese infierno en el que se ha convertido Siria; Asimismo, en el viejo continente estamos siendo testigos del resurgimiento de fuerzas políticas xenófobas y racistas de extrema derecha, como el partido político griego Amanecer Dorado, el cual, aunque no es mayoría, sí ha logrado consolidarse como una fuerza relativamente importante en medio de la crisis que desde hacer varios años golpea a los griegos; por último, puede citarse el caso de la hoy alcaldesa electa de Colonia, Henriette Reker, quien ha demostrado cercanía y apoyo a los refugiados sirios, y quien fuera apuñalada por un alemán desempleado que admitió haber hecho eso por motivaciones racistas. 
América no se queda atrás. Desde hace varias semanas el empresario conservador Donald Trump, quien busca la candidatura del Partido Republicano para la presidencia de Estados Unidos, ha hecho de los mexicanos su principal blanco, tachándolos a todos como delincuentes y corruptos, insistiendo en la “necesidad” de construir un muro por toda la frontera y deportar a todos los mexicanos, así como a sus descendientes, sean legales o no, de ese país. Actualmente encabeza las preferencias para convertirse en el candidato de ese partido.
Estos son algunos ejemplos de una especie de odio generalizado que recorre a amplios sectores de las sociedades actuales, el cual ha tomado forma en expresiones racistas, xenófobas e intolerantes.
Aunque las situaciones sean similares a cosas que han ocurrido en la historia, esto no significa que el Holocausto, por tomar un ejemplo, se vaya a repetir. Está claro que la idea de repetir la historia no puede tomarse literalmente, puesto que cada época y contexto son singulares; jamás podrán reproducirse hechos como tal, exactamente con sus mismos actores y eventos. En todo caso, lo que ocurre es que hay determinados momentos en que ciertos acontecimientos se producen, y nosotros encontramos en ellos una especial similitud con cosas del pasado; esto también significa que el futuro puede producir algo incluso más horrible que los traumas del siglo anterior, por difícil que parezca esto.
Ahora, si bien es ingenuo creer que conociendo la historia se evita caer en errores similares a los de antes –como si se tratara de una vacuna o de un poder curativo–, es un hecho que una reflexión seria, crítica, abierta, democrática, y a fondo, de los principales eventos que nos han traumado como humanidad, puede ser una poderosa herramienta contra el olvido, la xenofobia, el negacionismo, y el empoderamiento de ciertos grupos empeñados en no reconocer los errores que las personas y sociedades han cometido. 
Hoy más que nunca el mundo requiere del conocimiento histórico para evitar futuras catástrofes; pero un conocimiento serio, no a modo, como el del señor Netanyahu. Si nada está escrito en el futuro, evitemos entonces que las siguientes páginas se conviertan en otro error que pudimos haber evitado.

 

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