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Memoria del lobo y el jaguar

Por Marco Antonio Cerdio Roussell

Para quienquiera que viva en el altiplano central y, más aún, en las urbes saturadas de concreto y vehículos que desde la década de los setentas del siglo pasado se han vuelto características del paisaje mexicano (si antes se mencionaban los volcanes nevados y los grandes llanos, ahora no imagino descripción sin nata de smog, trabes monumentales de algún segundo piso y la ineludible silueta de los tinacos al fondo) hablar de grandes mamíferos resulta algo en total ajeno a su vivencia.

Apenas el circo, hoy extinto, permitía de cuando en cuando, a los estratos más pobres de la población tener contacto con la vida animal más allá de las pantallas y los posters. Para las clases medias, en el sentido más amplio posible del término, todavía quedaba la posibilidad de la visita al zoológico, si bien la frecuencia con que realizaba esa visita y sí era en familia o en excursión escolar ya decía demasiado de ese invisible sistema de castas que desde la Colonia, más allá de cualquier texto constitucional, no se logra desterrar de las mentes.

Entonces, quedando sólo la posibilidad de quien viaja, quien estudia alguna disciplina directamente relacionada con la vida animal o quien cree que algo divertido hay en extinguirla en un safari y algo de inteligente en difundir su gracia en una revista de espectáculos, realmente resultan demasiado reducidas las posibilidades de sentir como próximos a nuestra vida, la existencia de estos seres.

Momento, me digo. En México, si algo no falta, son referencias culturales a los animales. Sólo pensando en aquellos a los que menciono en el título, los grandes depredadores del área meso y aridoamericana, tenemos desde los jaguares de Chiapas a los lobos de la BUAP, para poner la mente en esos animales.

¿Eso los vuelve próximos a nosotros? ¿No sería mejor aceptar que la Casa del que mató al Animal representa más propiamente la vocación recelosa del mundo criollo y mestizo a los animales que apenas lejanamente representan un riesgo?

Vuelvo a recordar. En Teotihuacán y en Tenochtitlán se han encontrado ofrendas con huesos de lobos e híbridos de perro y lobo que acompañaban a los señores en el camino al inframundo. En cuanto al jaguar, desde las máscaras olmecas hasta el más exiguo inventario de máscaras de carnaval, se cuenta con el Tecuani (tigre o jaguar) perfectamente representado.

Si algo, más allá de la arbitrariedad geopolítica nos hermana por igual al bloque de América del Norte y a las repúblicas sureñas, serían precisamente estos animales reales, pisando ambos extremos de la geografía nacional. Grey Wolf o yaguareté, ambos están en extremos opuestos del continente y se topan aquí.

Bueno, sí. La pisan, pero no de la misma manera. El jaguar en algún momento llegó a estar presente en el actual estado de Arizona en los E.U. En el momento actual y gracias a la presencia de una colonia de jaguares en los grandes ríos de Sonora, de cuando en cuando algún ejemplar pasa de indocumentado. Su población histórica se encuentra fragmentada pero profusamente referida en danzas, toponímicos, creencias y, de cuando en cuando, gracias a avistamientos y a la técnica del foto trampeo se constata su presencia. Así en zonas de Tamaulipas, en Nayarit, en los Tuxtlas Veracruz y, más fácilmente, en el Sureste a partir del Itsmo se encuentra registrada su presencia. 

Todavía recuerdo un viaje de infancia que, gracias a una decisión arriesgada de mi padre, nos llevó primero a Escárcega Campeche y luego a un restaurant en los límites con Quintana Roo que estaba decorado con las fotografías de ejemplares de jaguar y de pavos ocelados recién cazados. Por cierto, en esa época lo único arriesgado de la expedición era no encontrar gasolina a media selva y disfrutar de una larga, muy larga noche tropical.

El jaguar es ahora una especie protegida en todo México y su caza no se permite de manera legal. Está en marcha un proyecto de corredores biológicos y de compensaciones a ganaderos para garantizar su sobrevivencia. Más aún, sorpresivamente, la presencia de un ejemplar macho fue registrada por medio de foto trampeo en la reserva de la biosfera Tehuacán Cuitatlán, concretamente en San Gabriel Chilac apenas en marzo del presente año. Este avistamiento, así sea de un solo ejemplar, debería servir para replantearnos como sociedad la relación que guardamos con el medio ambiente. 

Al parecer, la apuesta nacional a mejorar nuestra relación con el medio se reduce a evitar la contaminación por partículas suspendidas en las zonas urbanas y pasar por alto el doloroso hecho de que la apuesta por el desarrollo industrial, la masiva mano de obra barata y el bajo coste ecológico como incentivo a la inversión condena a todos a la desaparición en el mediano plazo. Tajante, sí, pero más realista que un calendario plástico del Partido Verde.

El caso del lobo mexicano, en cambio, representa una advertencia y una esperanza. De la misma manera que el último oso pardo mexicano fue cazado en la década de los cincuentas en la Sierra de Chihuahua, el lobo fue objeto de un programa gubernamental de exterminio que prácticamente lo extirpó de la vida salvaje para la década de los setentas. 

Cabe mencionar que, pese a que la relación mágica ritual existente entre las viejas culturas americanas y el lobo, permitían imaginar una posible convivencia, se impuso la visión europea de la trampa y el veneno en ambos lados de la frontera norte de México. Muy al final de este proceso, se tomó la decisión de salvaguardar algunos ejemplares en parques zoológicos y en caso dado reintroducirlo en su medio. En ese entonces, esta última posibilidad debió parecer una locura. Sólo faltaba que quisieran hacer lo mismo con el cóndor de California o con la pantera de la Florida.

Al día de hoy (les recomiendo en este sentido la revista Especies de ww.naturalia.org.mx como fuente de información al respecto) sigue en marcha un programa de reproducción y reintroducción de la especie Canis lupus baileyi en su medio ambiente natural que se ha topado con resistencias férreas pero no inesperadas.

Es sólo cuestión de revisar los artículos de la prensa acerca del estado de conservación del lobo en Estados Unidos y Europa, para entender que la mala fama del lobo del cuento se traduce en una persecución irracional contra esta especie y sus subespecies.

Mientras no se contemple el rescate de las especies animales desde una perspectiva mucho más amplia, una que incluya la dimensión social y productiva del hombre en su relación con el medio, y en la medida en que esto no se traduzca en nuevas formas concretas de convivir con el entorno, el lobo y el jaguar, los grandes animales admirados y venerados tanto por las culturas mesoamericanas como por los pueblos nómadas del norte (y muchas otras especies, Homo sapien incluido) estarán amenazados. 

Con todo, el tiempo irá mostrando que no es posible otro camino más que la construcción de dicha relación, es decir, una nueva cultura donde el ser vivo, el animal, pueda convivir con el hombre no sólo como amenaza latente de su imaginario o mera expresión plástica de su vinculación al medio sino, más bien, como algo próximo, un vecino o mejor aún, un posible pariente, antepasado mítico o nagual que nos conviene preservar para ser preservados.

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7. 

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