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Enfrentar el pasado

Por Marco Rovira

Este 15 de octubre el artista Enrique Ramírez (Santiago de Chile, 1979) presentó en el Museo Amparo un adelanto de su exposición “El tiempo, el ánimo, el mundo” la cual podrá visitarse a partir de este sábado 17. 

Entre otras cosas, su obra propone un acercamiento artístico al tema de los desaparecidos durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

En principio este parecería ser un evento sin mayores implicaciones para México, pero si trascendemos nuestro localismo, podremos descubrir que conlleva una reflexión de suma importancia para nosotros.

América Latina ha sido un espacio marcado desde sus inicios por la violencia, el saqueo, la corrupción, y todo tipo de vejaciones, propiciadas tanto por nuestras propias elites, como por los intereses internacionales, lo que genera una condición particular de subdesarrollo y subalternidad que nos identifica como región, tal como sugiere la magistral obra de Eduardo Galeano “Las venas abiertas de América Latina”. 

Particularmente, la segunda mitad del siglo pasado estuvo marcada por el surgimiento de gobiernos autoritarios de derecha que, apoyados en la política hemisférica de combate al comunismo impulsada desde Estados Unidos, se dedicaron a perseguir salvajemente a cualquier opositor ideológico –ya fuera real o imaginado–, atropellando y violando sistemáticamente derechos humanos de sus ciudadanos, tales como la libertad de expresión, de pensamiento, de asociación, de libre tránsito, a la justicia o el mismo derecho a la vida. Esta cacería se tornó aún más salvaje con el estallido de la Revolución cubana en 1959, repercutiendo negativamente en varios países, siendo Chile uno de los que más sufrió por ello. 

Tras el triunfo democrático del socialista Salvador Allende (1908-1973), Chile fue escenario de una feroz embestida orquestada de manera muy importante por el gobierno norteamericano para quitar a Allende del poder, misma que fructificó en el golpe de Estado encabezado por el general Augusto Pinochet ese fatídico 11 de septiembre de 1973, en el cual el presidente Allende perdió la vida. A partir de entonces se desató un régimen de terror que azotó a la población chilena por décadas, y que significó la muerte y el sufrimiento de miles de personas.

Cosas similares ocurrían en otras partes de nuestra lastimada América Latina, como en Argentina o Guatemala, y México, en este sentido, no fue la excepción, aunque sí un caso muy peculiar.

En nuestro país no hubo necesidad de impulsar un golpe de Estado porque la derecha ya estaba en el poder y podía controlar muy bien a la población y, particularmente, a la izquierda, para lo cual había desarrollado desde los años cuarenta  una infraestructura institucional y de inteligencia con ese propósito, de la cual, el símbolo más macabro lo representó la hoy extinta Dirección Federal de Seguridad (DFS), dirigida por el sanguinario Miguel Nazar Haro (1924-2012).

En México –particularmente durante las décadas de 1960 y 1970– hubo cientos, o quizá miles de arrestos extrajudiciales, asesinatos, atentados contra la libertad de expresión y desapariciones forzadas, mismos que tiñeron de sangre las manos del Estado mexicano y que aún hoy están por esclarecerse.

Mientras en países como Chile la dictadura ha terminado y se hacen esfuerzos muy serios por cuestionar y debatir el pasado reciente –tal como lo demuestra la obra de Ramírez–, en México esta tarea está pendiente; es más, en nuestro país ni siquiera hemos llegado al punto en que el régimen que cometió todos estos atropellos haya sido realmente quitado del poder, siendo así que, hoy por hoy, es un miembro del PRI –el mismo PRI del 68, del 71, de la guerra sucia, de Aguas Blancas, de Acteal, de Atenco, de Tlatlaya y de Ayotzinapa– el que nos gobierna.

Quedan muchos archivos por abrirse, testimonios por escucharse, personas que llevar ante la justicia, disculpas que pedirse, y mucha verdad por conocerse. Sólo cuando se sepa lo que realmente ocurrió podrá haber justicia, y solamente cuando haya justicia las heridas podrán sanar, dando paso a una posible reconciliación como sociedad con nuestro pasado y nuestro presente.

Esta es una tarea que no compete sólo a los políticos; es algo que debería interesar a la sociedad, a medios de comunicación, organizaciones civiles, organismos internacionales, intelectuales, académicos y ciudadanos de a pie por igual; apostar por el olvido sería tan nocivo como saber que se tiene una enfermedad grave y no atenderla, aún estado a tiempo de ello. Es en este sentido que algo aparentemente tan ajeno como la obra de Ramírez nos cuestiona en lo más profundo de nuestra conciencia individual y colectiva, planteándonos la necesidad de enfrentar al pasado y sus demonios.

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7. 

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