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Esperanza y desengaño

Por Verónica Mastretta

David Josué García Evangelista tenía 15 años el 26 de Septiembre de 2014. Por la tarde había jugado un partido de futbol de la tercera división, y por la noche regresaba a casa en un camión con el resto de sus compañeros de equipo, acompañados por el entrenador  y  algunos familiares.

Esa noche en Iguala los policías municipales, brazo armado de Guerreros Unidos, ya habían arrancado su guerra contra los estudiantes llegados de Ayotzinapa  y confundieron con ellos al camión de los futbolistas, marcándoles el alto. El chofer se detuvo, pero eso no impidió que el camión recibiera una lluvia de balas que hirió al entrenador y mató al chofer y a David. Cuando los policías se dieron cuenta de que en ese camión solo iban jóvenes, casi niños, se fueron con su guerra a otra parte, dejando atrás 200 casquillos de bala percutidos.

Un año después, el entrenador relata que él se salvó porque traía sobre el estómago la tableta con los apuntes de la estrategia a seguir en el partido jugado por la tarde. Dos balas le atravesaron los riñones y dos más quedaron en la tableta. En el radio escuché una entrevista con la mamá de David. Apunté el nombre que ella repitió despacio y con cariño. 

El  nombre del más joven e inocente de la noche de Iguala ha sido casi olvidado. Sus familiares y  amigos no forman parte de las protestas que cumplieron un año ayer. Su mamá relata que ni el gobierno municipal de Iguala, ni el estatal de Guerrero, ni ninguna instancia federal, han cumplido con la obligada reparación del daño que ordena indemnizar a los familiares con una compensación económica.

Ella no ha ido a marchas ni reclama nada, solo señala que en general hay descuido por parte de las instituciones que tan ocupadas parecen estar en aclarar y cerrar el caso. Ella relata que como familia les ha costado mucho procesar la injusta pérdida  de David, pero que poco a poco lo han ido aceptando.- Quizás si por años todo hubiera sido distinto, si el estado mexicano no hubiera sido un estado completamente fallido en esa zona de Guerrero, tomada desde hace decenios por las guerras de la goma negra de la amapola, David seguiría vivo.-

Ella no se mete en mas honduras. Hay paz en su voz porque a diferencia de otros padres de jóvenes muertos esa noche, ella si tuvo un cuerpo que velar y al que pudo besar y decirle adiós con certeza. Cuando pedimos en una oración que los difuntos descansen en paz, en realidad la paz la invocamos para nosotros mismos. Siempre es difícil procesar la pérdida de un ser querido, cuanto más la de un hijo.

Estoy convencida, en base a lo que he leído, que los 43 jóvenes desparecidos en la noche de Iguala están muertos, aunque solo haya pruebas físicas de la muerte de dos.Hay para quienes decir esto es políticamente incorrecto. Me parece que el trabajo del gobierno y de los grupos de asesores independientes que han intervenido en el caso lo documentan con muchos datos duros.

Si usted lee el informe último  en el que se pone en duda el sitio en donde pudieron haber sido incinerados los jóvenes, dicho informe no pone en duda que estén muertos, ni descalifican la larga lista de pruebas que documentan el hecho de que fueron asesinados, incluidos los testimonios de los peritos argentinos. Y sin embargo hay voces de madres que piensan, porque así se los han dicho muchos de quienes los rodean,  que en algún lugar están sus hijos. Me parece cruel hacia los familiares de las víctimas el que les siembren una esperanza de vida que nada parece fundamentar.

Las motivaciones de porqué los policías al servicio de Guerreros Unidos y los mismos narcotraficantes actuaron con brutal saña esa noche, aún tendrán que aclararse. Las altas cabezas de funcionarios y políticos  que no han sido detenidas ni tocadas  y que están involucradas más allá de una lucha por territorios y rutas de la droga en Guerrero ,también tendrán que procesarse  junto con una explicación completa y probada que llene todos los huecos del rompecabezas de Iguala.

Lo que no creo que vaya a suceder es que alguno de los 41 muchachos desaparecidos esa noche y de los que aún no hay pruebas de ADN identificado, vayan a aparecer vivos. Ahora ya hay quienes siembran la duda hasta de los estudios de la Universidad de Innsbruck, Austria, un centro que ha hecho identificaciones precisas de restos provenientes de muchísimos lugares del mundo.

No imagino a los científicos de Innsbruck inventando identidades para darle gusto al gobierno mexicano. Pedir que aparezcan vivos 43 personas de las cuales dos ya han sido identificadas, me parece, insisto, una crueldad y un abuso incomprensible hacia los padres y familiares de los desparecidos esa noche. 

Debe de ser muy difícil aceptar y sobrevivir a una separación y a una pérdida sin siquiera decir adiós. Pero más difícil vivir aferrado a una duda que jamás se resolverá. 

Aguanta hijo, aguanta, ya te vamos a encontrar- dice la voz de una mamá en la rueda de prensa que dieron el jueves pasado los papás de los 41 desaparecidos y  dos muertos confirmados, aunque no sean aceptados como tales. Exigen- y lo que es más triste- esperan- que regresen vivos los 43.

Independientemente de la exigencia del total esclarecimiento de los hechos, en la que todos estamos de acuerdo, las esperanzas que algunos voceros y líderes les infunden a los padres de encontrar vivos a sus hijos se me hacen  una barbaridad.

Parte del trabajo pendiente de todos los grupos y personas involucradas en resolver el caso, especialmente los grupos independientes que han colaborado en la investigación, es no darles a los padres una falsa esperanza de que sus hijos viven. Los grupos de investigadores serios y responsables tienen la obligación de ofrecer la verdad, por cruel, dura e irremediable que sea. Es un acto de generosidad  y valor atreverse a hacerlo, aunque para algunos parezca más conveniente seguir conservando dudas y esperanzas que matan.   

                             

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial del portal de noticias Ángulo 7. 

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